viernes, 21 de julio de 2017

Llamada desesperada de auxilio.

De repente, un día,
precipicio.

Caigo, pero no aterrizo,
no hay, siquiera,
un suelo contra el que estrellarme.
Sólo caigo.

Grito
de furia, de dolor,
de impotencia.
Pero tampoco me quedan fuerzas,
sólo para caer.

Nada tiene sentido,
ni siquiera estos versos chapuceros
que improviso
como una medida desesperada,
un grito de auxilio,
una vía de escape entre tanta caída.

Nadie sabe el miedo que tengo,
lo encierro en un jarrón.
Pero, a veces, se desborda como un río
y ruge furioso
y me ahoga.
Y se me ha olvidado nadar.

Tal vez no te des cuenta
pero llevo todo este tiempo sujetando tu mano 
con la fuerza que no me queda para respirar
y cada noche,
al dormir,
te imagino a mi lado, y te abrazo
para que me sientas allí.

Todos los días pido
por despertarme mañana de esta pesadilla,
pido para que,
en lo que dura la caída
se abra
ese par de alas de cristal
que me ayudaste a coser en mi espalda.

Mañana me escocerán los ojos
lo mismo que ahora me escuece la vida
y me dolerá la cabeza
igual que ahora me duele el no saber
si me voy a terminar estrellando
o si podré lanzarme a volar
e ir a buscarte
y llevarnos lejos.

A las estrellas.



domingo, 11 de junio de 2017

Cazadores de versos.

Cerré los ojos
y pedí un deseo.

Te pedí.

Nos pedí.

Sin relojes, ni calendarios,
ni ropa,
y con caricias
de esas que se dan con la yema de los dedos
y te dibujan la boca
y la espalda
y las estrellas del cielo.

Nos pedí
cazadores de los tesoros
que se esconden entre las sábanas,
y nos pedí terremotos
de esos en los que lo único que se pierde
es la compostura.

Me pedí 
contándote que, aún a veces,
me entran ganas de llorar
porque te juro que no me creo
la suerte que tengo por tenerte.

Y te pedí
arropándome
con tus brazos y un beso en la frente,
con caricias en el cuello,
y el alma,
y los huesos,
y cosquillas en el corazón.

Te pedí
riéndote bajito
y con esa sonrisa y esos ojos
que me aconsejan huir,
y ante los que yo siempre me rindo.

Y me pedí
vestida de carcajadas,
enredada en esa mirada
por la que no volvería a dormir.

Te pedí.
Me pedí, contigo.

Nos pedí.


jueves, 4 de mayo de 2017

01:00 AM.

No hay edredón en el mundo
capaz de contener esta fuga de versos
que me obliga a saltar de la cama
y escribir que no me puedo dormir.

Que se me ha clavado un desvelo
en el corazón
y mis costillas han construido una prisión
para que no se escape,
dejándome boli en mano
en mitad de la noche.

No entiendo el motivo
pero parece que mis ojos
se hubieran abierto de par en par
buscando la rima perfecta
entre el gotelé de la pared
o entre los colores de unas flores de papel.

No puedo dormirme
porque me falta un abrazo,
una medicina que me calme y me diga
que hemos desahuciado
a los monstruos que vivían bajo mi cama.

No puedo dormirme
porque, encajado en el pecho,
tengo un corazón pegando voces
desesperado
porque se le han gastado las pastillas de frenos
y sabe que tiene un muro
justo a dos palmos.

Me han contado que tengo muchos frentes abiertos
como si no supiera ya que yo misma
soy verdugo y víctima
y como si cada latido
no me sonase a cañonazo.

La oscuridad me sabe
amarga y fría como el metal,
como si me llenase la boca de sangre,
los músculos de escalofríos
y los ojos de alquitrán.

Me dan miedo los sueños
porque, últimamente,
nunca salgo viva de ellos
porque pido auxilio y me come el vacío
porque mi voz no existe
ni existo yo.



jueves, 6 de abril de 2017

Me quedo a vivir aquí.

Tengo una sensación
flotando entre los rizos de mi pelo
que se escurre
entre las arrugas de mi ropa
y se engancha
en ese inicio de carrera
que amenaza mis medias.

Baila al compás de mi falda
si yo bailo al compás de una canción
de esas que te ponen de buen humor
y me recorre entera
y me acaricia la piel
y me cuenta que el espejo
hoy le ha hablado bien de mí.

Es casi tan suave y dulce
como el roce de mis piernas con tus sábanas
o las yemas de tus dedos
con las terminaciones nerviosas de mi espalda.

Tengo una sensación y la siento delicada
como si fuera de encaje.
La reconozco volátil
como el humo y aún así
quiero aferrarme a ella
como al ritmo de la canción favorita que no tengo.

Tengo una sensación preciosa
y ojalá pudiera
quedarme a vivir en ella.

Es la batería que marca
el ritmo que llevan mis tacones
y es la pasión
de un pinta labios de color rojo
vistiendo de caricias mi boca
y el dolor dulce
de un par de mejillas
que llevan riéndose toda la tarde.

Es un pedazo de paz
unos brazos
o las barras de un pentagrama al que aferrarme
cuando las fuerzas me empiezan a fallar.

Es ese 
"hoy me como el mundo"
aunque el mundo se empeñe en saber a pescado
y se llene de espinas.

Es ese
hoy me como el mundo a bocados
y a ti
a besos.


domingo, 12 de marzo de 2017

Sabotaje.

Nunca creí en las armaduras
nunca me fié de su utilidad,
tal vez porque todas mis puñaladas
me vienen siempre de dentro.

A veces
detonación a detonación
me rompo del todo y la máscara
que uso para que nadie se entere
no tiene cómo sostenerse
y se me revienta contra el suelo.

El día que decido bucear
y descubrir qué es eso que me destroza
me encuentro con que
tiene mis ojos
mi pelo
mi cara
mi voz
y dice que no soy lo suficiente.

Me refugio en poemas que van
de niñas que no saben lo que valen
y deseo con mucha fuerza
que en realidad mi cerebro sea un estafador
que se viste de tasador y me engaña
al hablarme mal de mi valor.

Deseo con toda mi alma
arrancarme la venda de cuajo
que se rompa tanta cadena
y pincharme en vena
en remedio contra el veneno
que yo misma destilo y me bebo.

¿Cómo se vence a un enemigo que llevas dentro?
¿Cómo se apacigua una tormenta
cuando una parte de ti te dispara a quemarropa
y la otra dice
"para, para de hacerte esto"?

No hay canción más triste
que la que se te escribe empapada en los ojos
los días en que no puedes más.
No hay letra más certera
que la que te rompe en dos
porque los espejos no están sólo colgados de una pared
y lanzan sus metrallas de cristal
que se te clavan justo en el amor propio.

Y te entra un miedo incontrolable
un pánico avasallador
porque sabes de sobra
que es imposible querer
a quien no se quiere a sí mismo.





domingo, 5 de marzo de 2017

Mi ángel de la guarda.

Tuve un profesor que decía
que lo de "no hay palabras
para expresar lo que siento"
era una mentira de las grandes.
Que sí que las hay
pero que tú no sabes usarlas.

Y debo ser entonces una inútil de récord
porque no encuentro las palabras
que acierten a contar cómo
cada vez que he estado a punto de despeñarme
has aparecido tú
como un saliente en la montaña
para volver a impulsarme hacia arriba.

Yo no encuentro ahora palabras,
pero tú sí las encontraste cada vez que me hundía
y me hacías llorar de emoción
y devolverle la mirada a la vida
sabiendo que rendirse
ni siquiera es la última opción.

Pisas todos los días el pódium
de las cosas más bonitas que le pasan a mis horas.
Pepito Grillo, diario secreto
el ángel de la guarda que en la vida
creí merecer.
Y el mejor bote salvavidas
cuando la cosa se pone cuesta arriba.

Gracias
por aparecer en mi vida
por aquel "no te abandones"
que me dijiste en el momento justo
para que se me tatuara en el miocardio
y así recordarlo
cada vez que me late el corazón.

A cambio de tanto
te prometo versos y canciones
te prometo una mano incondicional
una bombona de oxígeno cuando te falte el aire
un paraguas para las tormentas
y una espada y un escudo
cuando haya que luchar.

Ojalá me dé la vida
muchos años para seguirte escribiendo
y ojalá me dejes compartirlos contigo
porque no los voy a desaprovechar.



Te quiero hasta el infinito (y más allá), Ana.

domingo, 29 de enero de 2017

Entre los huesos y el alma.

Preferiría compartir sábanas contigo
y no con estas pesadillas
que hacen del apagar la luz cada noche
la crónica de mi muerte anunciada.

Que si se me acelera el pulso
fuera porque me besas en noséqué punto exacto
y no porque parezca que llevo 
un corsé de acero
que hace que el corazón me lata fuerte
porque quiere romperlo.
Y, de paso, mis costillas.

La poesía es esa
con la que te encuentras en una habitación sin luz
y no sabes
si va a hacer el amor contigo
o si te va a atravesar el pecho de un balazo.

Tengo la sangre llena de cristales
y alfileres en el miocardio
que ahoga un grito 
a cada latido.

Quiero que vengas a unir a besos
los puntos de mi cuerpo que son mis lunares
con la impaciencia del niño 
ansioso por descubrir
el dibujo que aparece
y con el miedo de quien sabe
que igual, lo que sale,
es la cara del monstruo que me come por dentro.

Si pongo muchas ganas
llego a escuchar de lejos una nana
que trata de dormir este dragón
que tengo viviendo en el hueco que queda
entre los huesos y el alma.

Y me sorprendo a mí misma
prometiéndome aprovechar
ese tiempo de tregua
como quien se despierta a las tres de la madrugada
y comprueba que le quedan por dormir
todavía unas horas de más.

Quiero encender contigo
todas las farolas de la ciudad de la luz
y perdernos por la noche
entre tu risa y mis carcajadas
hasta que el sol las vuelva a apagar.


domingo, 8 de enero de 2017

Querida Yo del espejo.

Hace poco leí que Sara Búho decía que somos de quien vemos cuando nos miramos al espejo

A mí, desde el espejo me mira una chica delgada, castaña y de ojos claros, cambiante como un maldito huracán. A veces le brillan en los iris azules estrellas fugaces, a veces de la boca se le escapa una sonrisa pintada de rojo y cree que puede salir ahí fuera a comerse el mundo. O mejor aún, que ya lo lleva dentro. 

Pero otras veces... Otras veces el espejo se rompe y se nos clava. Cada uno de los trozos de cristal roto nos atraviesa la piel y nos rompe. Nos hace jirones la vida. Porque no somos lo suficiente, da igual qué. Lo suficientemente alto, lo suficientemente bajo, lo suficientemente delgado, lo suficientemente gordo, lo suficientemente moreno, lo suficientemente blanco. Los peores cristales los llevamos dentro, no necesitamos que un espejo nos los eche en cara. Nunca llegamos demasiado lejos, nunca damos lo que habríamos podido, nunca somos demasiado brillantes. Y no hay estrellas en los ojos que valgan porque se han fundido. Tampoco ellas eran lo suficientemente buenas. 

Desde el espejo me miran dos yos que discuten a gritos. Una dice que no soy lo suficiente, que no valgo, que no puedo, que no llego, por más que estire mi brazo y mis dedos y me ponga de puntillas. La otra responde que deje de decir estupideces. La mayoría de las veces, gana la segunda voz, la que tiene la energía suficiente para encender las estrellas que transforman mis iris en dos pedazos de cielo, la que decide pintarse los labios rojo pasión. 

Pero es que hay días... hay días que el viento cambia de dirección, y rompe todas las barreras que retienen encerrada a mi primera mitad. Se escapa y prende como la pólvora, y se apagan las luces y los colores se vuelven blanco y negro. Los cristales relucen entre las terminaciones nerviosas de mi piel, reventándolas. Reventándome. Porque no soy suficiente. Y no lo dice cualquiera, lo digo yo. Y eso es lo que más duele.

Una vez me dijeron que me mirara al espejo con los ojos de mi mejor amiga. Con el cariño de mi mejor amiga. Nunca llegué a hacerlo, pero qué rabia me dio pensar que para llegar a verme suficiente, tuviera que hacerlo desde los ojos de otra persona. Qué rabia que yo no me quisiera tanto. Qué rabia que a veces se me funda la luz de ojos y me quede a oscuras.

Porque, en realidad, la que me mira desde el espejo soy yo, cristales incluidos. Miedos incluidos. Dolor incluido. Estrellas en los ojos y labios rojos incluidos. Sueños incluidos. Capacidad de alcanzarlos incluida. Valentía incluida. Fuerza incluida. Pasión incluida. Huracán incluido.



sábado, 31 de diciembre de 2016

Chin, chin, dieciséis.

Nunca he creído en las supersticiones que hablan de mala suerte, nunca he creído que existan días que son puntos de partida, y nunca he creído en empezar de cero. La vida es una imparable sucesión de segundos, y, en realidad, no entiende de diciembres y eneros. Sin embargo, nunca he podido evitar caer en la tentación del balance de fin de año y de los deseos para el que empieza.  Y tampoco he podido nunca evitar caer en la tentación de hacer trampas e inclinar la balanza de los últimos trescientos sesenta y cinco (o seis) días hacia el lado bueno.

Hace un año le pedí al 2016 ganas y emoción, flores y sorpresas, aeropuertos y sitios desconocidos, amor del bueno. Y me lo ha regalado todo. 

Decidí volverme ambiciosa y capturar cada día más cosas buenas, decidí abrir los ojos para ver las paredes del pozo en el que me había metido y decidí que no quería pasar más tiempo ahí. Decidí pasar página, cambiar de libro, permitir que volvieran a crecer las flores donde antes había dolor. Decidí darle la razón a quien una vez me dijo que, en un tiempo, al mirar atrás y releer historias viejas me llenaría buenos recuerdos. Decidí coger esa libreta en blanco y esa pluma que me ofrecía la vida para empezar a escribir un "érase una vez".

Me dijeron que se me veía más decidida, con más confianza y seguridad en mí misma, y me encantó. Volví a encontrar la paz en la música de las cosas que te llenan por completo, y gané. Gané canciones, gané sueños cumplidos, gané lágrimas de emoción. Dejé de seguir rumbo alguno por un tiempo para perderme, y perdí. Perdí partes de mi vida que habían dejado de tener sentido, perdí obstáculos, perdí cosas que te hacen ganar al marcharse. Por lo visto, gané por dos.

Qué miedo he pasado, qué angustia, qué de dudas, qué de interrogaciones sin respuesta. Y, poco a poco, todo fue poniéndose en su sitio. Y llegaron cosas nuevas, y gente nueva, y sensaciones nuevas, y refugios nuevos para tormentas nuevas. No sé cuánta gente puede mirar hacia atrás y sentirse orgulloso de sí mismo hasta casi llorar. Recordarse al borde de las lágrimas muerto de pánico y obligándose a seguir de pie, o aprendiendo a pedir ayuda en el momento preciso.

She needed a hero, so that's what she became.

Recuerdo que terminé el 2015 como una olla a presión a punto de reventar y, un año después, si me preguntan cómo termino el 2016, sólo me sale decir que feliz. Muy feliz.

Y gracias a ti, que has formado parte de ello. A todos.


miércoles, 21 de diciembre de 2016

La anatomía de las cosas invisibles.

Estamos hechos de cada melodía que nos pone la piel de gallina, de cada canción que nos emociona hasta la carcajada, del cosquilleo que nos invade la tripa en los instantes previos a las cosas grandes, de miedos superados y de deseos cumplidos. 

Crecemos siempre hacia arriba porque tenemos puertos seguros donde tomar amarras cuando la cosa se pone fea, porque somos capaces de descubrir las cosas que realmente nos llenan la vida de felicidad y nos tiramos de cabeza a ellas. Porque sabemos que la victoria más grande es la que nos otorgamos a nosotros mismos, que somos nuestro juez más estricto y, aún así, a veces nos miramos al espejo y pensamos "joder, es que hoy estoy muy guapa", porque es cierto.

Somos los trenes que dejamos ir para ganar un par de besos, y somos todos los besos que nos caben en la luz verde de un semáforo para esperar a que se ponga rojo y poder seguir frente al paso de cebra indefinidamente, porque también somos todas las despedidas que alargamos porque no queremos irnos porque estamos demasiado bien juntos.

Tenemos la piel cosida a caricias y cicatrices, tenemos en los ojos las estrellas que hemos visto brillar al mirarnos en otras pupilas y tenemos enredados en el pelo todos los sueños que invaden nuestra almohada. Tenemos entre las costillas planes, dudas, mapas, miedo y ganas, y nuestras piernas son un sismógrafo que mide en escala de Richter cada una de nuestras emociones.

El corazón bombea a cada instante la fuerza que necesitamos para vivir, pero en maldita bomba de relojería se convierte cuando late tan fuerte que parece que nos va a romper por dentro.

Al final, nos movemos en la constante cuerda floja de todo lo que puede salir bien y mal sin poder pararnos demasiado para no caer. Qué grande es el miedo que nos aplasta el pecho cuando se nos ocurre mirar hacia abajo y vemos el vacío bajo nuestros pasos, y qué de lágrimas de alivio nos corren mejilla abajo cuando alguien nos agarra fuerte la mano de repente y buceamos en unos brazos que nos dan seguridad, como si fueran una red que nos protege del precipicio.

Y respiramos más tranquilos. Y nos atrevemos a dar otro pasito más. Y otro. Y otro.



domingo, 27 de noviembre de 2016

Manual de domingo por la tarde.

Hace tarde como de acurrucarse,
de tenerse muy cerca
y que sean los latidos de tu corazón
los que vayan marcando
el paso de mis horas.

Hace tarde como de que el tiempo se pare
si me arropas con tus brazos,
de cerrar los ojos
y que se nos junten los labios
sin acordarnos de qué día es mañana.

Hace tarde como de nostalgia
de paseos por el Retiro y olor a tierra mojada, 
de olor a libro nuevo,
a taza de chocolate caliente entre unas manos
que se están muriendo de frío.

Hace tarde como de desvestir el alma
y que se empape bajo la lluvia,
de que corra hecha tinta por mi papel
contando que, lluviosa y gris, 
ésta es una tarde preciosa.

Hace tarde como de escribir poesía.


viernes, 21 de octubre de 2016

Sinergia.

Te imagino riéndote al leerme, y razón no te falta. Nadie debería dedicar a la ligera su canción favorita, su cita favorita, su palabra favorita. Pero es que tú eres mi persona favorita, e igual esta palabra encaja contigo completamente. Igual encaja con nosotros, con los dos, cuando estamos cerca.

Sinergia: Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales.

Como, por ejemplo, cuando a los dos nos late más fuerte el corazón estando juntos -y a ti parece que te va a romper las paredes del pecho-. Como, por ejemplo, cuando eres la mejor medicina para un día torcido, o un mural de colores vivos para un gris muy grande, o una carcajada que se me escapa cuando lo último que quiero es reír. Como ser feliz contigo y que me haga feliz hacerte feliz. 

Llegué a pensar que mis engranajes se habían roto tal vez para siempre, y sólo se estaban ajustando para encajar a la perfección contigo. Como la altura de mi boca a la altura de tu cuello, o como mi brazo a tu cintura por el Retiro. 

Te echo de menos desde el momento en que se cierran las puertas del tren, pero te echo de menos con el corazón lleno de una felicidad tan grande que parece que va a reventar. Y me siento la persona más afortunada del mundo cuando me vuelves a abrazar, o cuando tus dedos acarician los míos, o cuando te pillo mirándome de reojo y sonrío, o cuando me pillas mirándome de reojo y sonríes.

Contigo, la vida tiene ese algo más que la hace increíble. Y, a veces, todavía me parece imposible y sólo me sale suspirar y decir bajito "ay...". Y me río porque te imagino riéndote al leerme.


martes, 11 de octubre de 2016

Pájaros de cristal.

A veces preferimos quedarnos hechos cristales rotos por miedo a cortarnos mientras intentamos arreglarnos.

Y parece que acabo de escribir esa frase cuando apareces. Y juntas mis trozos desperdigados por el suelo, los recoges uno a uno y en tus manos vuelven a unirse. En tus manos, vuelvo a sentirme un poco pájaro con ganas de volar muy alto. Y vuelo un poquito, despacio. Me siento un poco más nueva, un poco más brillante y un poco mejor. Un poco más contigo, aunque no te gusten las cosas cursis y desde hace poco consigas que me salgan más a menudo.

Y entonces, pienso que tal vez dejé de estar tan rota hace ya tiempo y no supe verlo. Que quizá no soy la misma que cuando me rompí, que soy diferente y probablemente sea mejor así. Que igual he crecido, he aprendido, me he llevado cosas a lo largo del camino. Y que es posible que, de aquí en adelante, todo vaya mejor y a mejor.

Ahora, miro mis nuevas alas de cristal restaurado y escucho cómo tintinean cuando las bato, flojito. Suenan a música y a ganas. Suenan a mucha, mucha felicidad. Y suenan también un poquito a ti, que las haces sonar.


jueves, 29 de septiembre de 2016

Avviamento.

*Inserte título aquí*

La página en blanco me mira mientras el boli tiembla en mi mano con ese no sé qué de emoción de cuando empiezan las cosas buenas. La posibilidad de que todo es posible, el giro de 180 grados que le pedía a la vida, la felicidad que cabe en la palma de mi mano si tú me das la tuya, la excepción que mandó al garete todas mis reglas. Rugen motores y el mundo se pone en marcha. Y va bien. Va muy bien...

Vuelve la rutina con un chispazo de energía que nunca antes había tenido, con esas ganas, con ese hoy me como el mundo, con ese temblor en el pecho de cuando no puedes pedir nada porque lo tienes todo. Con la sensación de que cada trébol es un trébol de cuatro hojas, con el dolor suave de extender unas alas entumecidas por el desuso, con ese miedo débil de cuando llega algo que esperabas incluso más de lo que eras consciente. 

La página en blanco y yo nos miramos sabiendo que aquí empieza algo grande. Sabiendo que este principio no es como el resto de principios, que la cuesta de septiembre no va a costar tanto. La página en blanco se ríe porque me he quedado en blanco, porque se me han ido las palabras. Porque tampoco creo que me hagan mucha falta.


-Es un perfecto desenlace.
-No, es un perfecto comienzo.

(Anastasia - 20th Century Fox)

martes, 16 de agosto de 2016

Derrota.

Eterno luchador
siempre ganaste todas tus batallas
incluso aquellas
que ni tú sabías que librabas.

Y yo, cabezota como siempre,
me empeño en compararte
con aquellos que se cruzan por mi vida
pero tú, amor, eres huracán
y ellos sólo son brisa.

Es verano
y te permito la entrada a mis pensamientos
y te dejo campar a tus anchas
y se me olvida que algún día de estos
a golpe de lágrimas tendré que echarte
sin que nadie pueda ayudarme
a recoger los destrozos.

Si en algún momento te olvido,
lo hago como quien deja de ser consciente
de que inspira y espira
pero respira continuamente.
Como una canción que suena 
tan bajito y desde hace tanto
que ya casi ni se escucha, y aún así
a veces la melodía
me obliga a romper a llorar.

No existen poemas a tu altura
ni me atrevo a intentar inventarlos
pero no puedo tratar
de contener las palabras
si se me escapan en cascada entre los dedos
porque mis manos se vuelven locas,
locas y vacías,
sólo por pensar en ti.

Me reitero y te repito
que jamás se te resistió una batalla.
Tampoco ésta, la de mi olvido
pero es que, te confieso,
yo hace tiempo que abandoné las armas.



miércoles, 10 de agosto de 2016

El primero.

Me tiemblan las manos
histéricas, impacientes,
acusadoras, exigentes,
como una alarma de incendios que avisa
que hay rincones de mi cuerpo
a los que aún no ha llegado la mancha de tu marcha,
esa que me derriba
como una ola cuando se estrella
contra un dique fabricado con el papel
donde firmé que te querría siempre.

A veces, todavía me parece
que mi corazón late al ritmo que tú marcaste
como una más entre tantas canciones.
A veces, todavía me abrazo a tu nombre
cuando, por la noche
no consigo dormir.

Voy a la deriva
y no me atrevo a concretar si tus besos
eran el mejor de los refugios
o eran la tormenta perfecta.
Tampoco me atrevo a recordar
cómo era existir con tu piel pegada a la mía,
o encontrar tus manos a oscuras
y descubrir que la vida nunca había tenido tanta luz.

Me da miedo el día en que a mi memoria vuelvan
en tropel tu tacto, tu voz y el color de tu mirada
porque si ahora te quiero
como se quiere a un fantasma,
y aún así soy un castillo de arena a merced de un huracán,
qué no pasará si te tengo en frente,
qué incendio no volverá a arder,
cómo será (no) olvidarte otra vez.



jueves, 4 de agosto de 2016

Juego de sombras.

Cómo voy a escribir lo que siento si lo desconozco. Si me tiembla el pecho y corro. Si se me empañan los ojos sin venir a cuento. Sólo pido que llegue el frío con su constante excusa para poder arroparme, porque el calor me deja desamparada y a la intemperie de este no sé qué que me llena o me vacía, según se mire. 

De nuevo, pesadillas que no terminan al abrir los ojos y cuentos de hadas que se rompen en pedazos al sonar el despertador. De nuevo, una ciudad que es una jaula, una tortura, y a la vez, un hogar. De nuevo, esas ganas de ir muy lejos a algún lugar desconocido. De nuevo, esa necesidad de resetear la vida. Y el corazón. De nuevo, este hueco vacante bajo candado, y los engranajes de mi cabeza girando a toda velocidad, rugiendo, gritando. Pensando.

No hay manera de parar esta catástrofe, no hay forma de que las piezas dejen de encajar, pero tampoco hay forma de juntar los pedazos rotos si me da miedo tocarlos. Lo único que queda de mi palacio son los cristales y de las rosas, las espinas. Y se reinicia el cuento de nunca acabar, el que no existe. El cuento de la rabia y los puertos seguros, el cuento donde encontraba mi paz, el cuento de los días felices y de la angustia, el de la respiración que no está, el del corazón desbocado. El cuento de mis luces y mis sombras, el cuento de todos los colores. El cuento que se escribe a su antojo y sin parar, porque nunca frena, porque el cuento soy yo misma y la vida no se detiene.

Se me ha enquistado la duda eterna de lo que viene y el pánico al dolor. A veces gana la cobardía y otras, las ganas; la incertidumbre es eterna vencedora. Sé de sobra que no se puede vivir con miedo a la vida, que tiene cumbres y valles y que gira y cambia cuando menos te lo esperas. Pero, aunque tengo las luces encendidas, todavía las bombillas parpadean y amenazan con apagarse.

De nuevo, fundido a negro.


Esta sala de espera sin esperanza,
estas pilas de un timbre que se secó,
este helado de fresa de la venganza,
esta empresa de mudanza
con los muebles del amor.

Joaquín Sabina - Nos sobran los motivos

martes, 19 de julio de 2016

Espera sin esperanza.

Hace tiempo, las noches de verano y yo éramos mejores amigas. Me asomaba a la ventana y corría una brisa débil, y la Luna brillaba y yo le contaba cosas. Era mi nexo con cualquier lugar, con cualquier persona. Era un consuelo, un baúl de deseos, una incondicional que cada noche volvía y yo volvía a encontrarme con ella. Las noches de verano eran inspiradoras, y las palabras brotaban solas entre sábanas y música. Escribir era tan fácil como respirar.

Entonces, un día, la brisa débil se detuvo en seco, y la Luna apareció un día en el cielo afilada y cruel. Era un espejo que reflejaba cada deseo que le había formulado y que jamás se había cumplido. Peticiones caducadas que a estas alturas de la historia no tendría el valor de volver a suplicar. Al menos a alguien que no fuera yo y en silencio. Las estrellas brillan agónicas y anónimas en una ciudad que lucha por borrarlas del mapa, porque el cielo de Madrid no está hecho para ellas.

Entonces, el verano se transformó en una hoguera. La tinta se evaporó sin dejar rastro, y escribir sin que doliera era tan difícil como descontracturarme el corazón. Porque nunca he escrito nada que no sintiera, y de pronto sentir era lo último que quería permitirme. Sentir era una trampa, un agujero negro.

No queda valor para el recuerdo, no quedan fuerzas para evitar sobrepasar el límite entre lo que está permitido soñar y lo que no. No queda asidero al que aferrarse para no entrar en esta dichosa espiral. No me queda paciencia, ni sé qué estoy esperando.

Sólo espero que llegue el otoño y se me olvide esperar.


sábado, 9 de julio de 2016

Lo menos peor.

Julio trae el verano de vuelta, y los rayos de sol abrasan los muros de hielo que me salvaban de mí. Gota a gota se derriten, y gota a gota yo ardo. Me pongo a temblar, de recuerdos, de dolor, de miedo, de interrogación. Tiemblo, porque me aferré a un clavo ardiendo para evitar caer directamente sobre las llamas, pero empiezo a tener la piel calcinada. De nuevo, la mejor opción es la menos peor, la que me encoja menos el corazón y menos de vez en cuando, la que me obligue a esconderme bajo paredes congeladas de un grosor menor.

Me propongo hacer caso a las señales de peligro que suelo pasar de largo cuando la imaginación se me va de las manos, me propongo no saltar al vacío sin asegurar el paracaídas, me propongo no olvidar jamás los por si acasos. Me propongo, en definitiva, vivir un poco menos para sobrevivir un poco más.

Me rindo porque el fuego me quema las fuerzas y un par de ilusiones. Me rindo porque otra vez me he saltado la distancia de seguridad y me he dado de bruces con todo lo que no depende de mí y aún así me carboniza el sueño. Me rindo porque algo se me resquebraja en el pecho. Me rindo. Y punto.

Algún día, disparando al azar, acertaré en el blanco de la diana. Y tal vez, ese día, se me permita no pensar, no temblar, no dudar. Tal vez se me permita no tener miedo a dejarme llevar por un sueño. Tal vez me sienta tan segura que pueda cruzar el cable extendido sobre el vacío de un extremo a otro de la vida. Tal vez cierre los ojos sin miedo a caer.

Tal vez merezca la pena el golpe.

Llevaos el calor, que me derrite las defensas.


sábado, 2 de julio de 2016

En aquel "¿y si...?" me maté yo.

No voy a decirte que mi vida si no estás aquí no tiene sentido, ni que no sé ser feliz si no te tengo a mi lado. Tampoco voy a decir que no puedo vivir sin ti, ni que seas la condición inamovible para despertarme por las mañanas con ilusión. No pienso decirte nada de eso, porque sería totalmente mentira.

Sin embargo, no es mentira que contigo todo es un poco más. Un poco más vivo, un poco más grande, un poco más brillante. Mejor. Un poco más inestable, un poco más cuerda floja, un poco más corazón acelerado. Qué miedo. Un poco más terremoto, un poco más sin palabras, un poco más abismo. Y me dejé caer, porque seguir en tierra firme ya no tenía sentido.

Hay palabras que por dentro queman y se te clavan en los huesos. Hay palabras que te oprimen y te retuercen el corazón, y no te dejan respirar y se te agolpan en la boca gritando en silencio salir. Hay palabras a las que es mejor abrir las compuertas y dejar libres. Que vuelen, y ya el viento dirá hacia dónde las arrastra, y te arrastra con ellas. Mejor ser prisionero de lo que sientes a serlo de un "¿y si?" que nunca se responda. Mejor poner toda la carne en el asador que dejar que te abrase la duda. Mejor vivir con cicatrices que no vivir.

Dejar fluir las palabras que tratan sobre lo que sientes, es como desnudar el alma y dejarla a la intemperie. Pero quién sabe, igual viene alguien y la arropa. O igual así es más libre, y con eso basta. Igual se te llenan los labios de sonrisas de alivio y orgullo, porque has sido capaz. Igual a veces el destino desconocido de nuestros actos es lo de menos, porque lo que importa es lo que te sale del corazón.

No sé quién era más prisionera, si las palabras que clamaban por gritarse o yo por no gritar. 

Y no sé si ahora pago aquel indulto, o si vivo a la espera de un nuevo giro de peonza, o si sólo estoy en mitad de la nada con la vida muy despeinada.



miércoles, 8 de junio de 2016

El arte de emocionarse.

Piensa en un momento en el que fueras inmensamente feliz.

Qué bonito es emocionarse, emocionarse de verdad, y qué poco ocurre. Igual precisamente en eso resida la magia. Casi nunca nos acordamos de lo maravilloso que es respirar porque respiramos todos los días. 

Empieza justo en el centro de la tripa, como un cosquilleo suave, unas ganas infinitas, una sonrisa nerviosa. Como la introducción dulce de una canción que habla de pájaros, de cielo, de libertad, de océanos y de felicidad. Y el hormigueo trepa desde la tripa hasta el pecho, y el corazón de repente late más deprisa, al compás de esa música. Después se extiende por los pulmones, los llena y los expande para que entre todo el aire posible, para que la melodía no pare ni un segundo.

Entonces, el cosquilleo ya es un terremoto, y el pecho se le queda pequeño y necesita más. Y sube, garganta arriba, con decisión. Te inunda la boca, la abarrota de palabras, de intenciones, de aquí y ahora, de felicidad absoluta. 

Llega un momento en que, de nuevo, tripa, pecho, garganta y boca no bastan. Tienes tal torrente de sentimientos dentro que buscan salida. Y primero sonríes, después te entra la risa y te brillan los ojos. Todo sale. Las carcajadas saben a emoción y a música porque la canción aún suena. Las carcajadas saben a vida, y a pasión, y a no querer cambiar por nada tu lugar en el mundo de ese momento exacto. Porque eres tú quien no aguanta la risa de pura felicidad. Eres tú, pequeño terremoto de emociones, quien se siente en la cima del mundo.

Son tus ojos los que guardan estrellas que lucen fuerte porque están repletas de alegría.

Qué bonita es la emoción cuando te llena por entero.





sábado, 28 de mayo de 2016

(in) Gravity.

Un cóctel molotov en la mente, un terremoto en las manos, un huracán en el corazón y una olla a presión en la boca. Un miedo que suelda los barrotes de la celda que no deja que salgan las palabras. Un montón de sueños que no me dejan dormir. Una bandada de pájaros en la cabeza que pían muy fuerte y no me dejan pensar. Que no me dejan pensar en otra cosa que no seas tú, en realidad.

Hay algo que me tiembla en el pecho. Pavor, creo. Necesidad, tal vez. La sangre hirviendo, burbujeando. Impaciencia. El tic tac de la cuenta atrás que me he inventado y que se me clava en la piel. Ayuda, socorro, auxilio, me ahogo. O blanco o negro, o estrella o me estrello. Y cada vez veo el impacto contra el suelo más cerca.

Y por otro lado, qué revoloteo de mariposas más dulce llevo dentro. Me hacen cosquillas en el estómago con el roce de sus alas, y a veces parece que también vuelo yo. A veces parece que la vida puede empezar otra vez. Que cuando decían todo pasa, tenían razón. Pedía incertidumbre y tengo una muy grande. Una interrogación, un abismo, un salto sin paracaídas y mucho miedo al dolor. Pero es que me late el corazón tan fuerte...

No quise hacer caso a la señal de peligro hace tiempo, y tampoco voy a hacerlo ahora. Porque creo que, o dejo que todo esto escape, o se me van a fundir las paredes del cuerpo. El fuego arde, mi huracán lo aviva. Sinergia o imprudencia, no lo sé. Me atrevo a mirar el precipicio que tengo a mis pies y me da un escalofrío. De repente, las plumas de mis alas vacilan inseguras. Nos vamos a estrellar, susurran. Y las escucho sin querer escucharlas, pero no las respondo. Porque eso ya lo sabía yo, pero no se lo he dicho nunca para no asustarlas.

Cuando se está al borde del abismo sólo hay que cerrar los ojos y dejarse hacer. La gravedad dirá.


martes, 17 de mayo de 2016

Limerencia.

Un vaso de café en el fregadero después de apurar los últimos restos de azúcar del fondo. Vainilla en el cuello y las muñecas, música en los oídos y en la cabeza y el corazón. Canta bajito por la calle y el tren llega al andén justo cuando llega ella, y el metro la está aguardando en el suyo, y el autobús frena en la parada para que ella no tenga que esperar. Se deja atrapar por las páginas del libro que lee. El cielo es muy azul, el sol brilla fuerte y la vida es ágil. 

Sincronizada.

Las palabras fluyen, de la mente a las manos, que tiemblan impacientes por deshojar margaritas. Porque cree en esas cosas sólo si le dan la razón. Se vuelve loca por las flores, por los fuegos artificiales, por meriendas de chocolate por reír muy muy fuerte. La brisa es suave, la sonrisa perenne y la vida se tiñe etérea.

Sintonizada.


domingo, 15 de mayo de 2016

No vivir puede matar.

Tú, que no tenías ni idea de dónde estabas ni a dónde ibas, ni qué buscabas, ni qué querías, ni qué esperabas de la vida. Tú, te has imaginado un camino de flores de colores que brillan al sol, y de repente te inventas un destino incierto, inseguro, enclenque. Pero aquí hemos venido a jugar, ¿no?

De repente, vivir es revivir un flashback que te hace temblar de miedo e ilusión a partes iguales. La firmeza de las arenas movedizas, la adrenalina de las cuerdas flojas, las vistas desde el borde del abismo, el aire que te falta en la caída libre. El grito ahogado y el corazón al galope porque no tienes intención de abrir el paracaídas. Cuando supe que quería, me di cuenta de que podía.

Tal vez la vida sea como una parada de autobús, y ninguno frena para que te subas si no se lo pides tú. Tal vez los autobuses no lleven un cartel luminoso con su destino, tal vez la gracia sea no saber si vas a llegar al final del trayecto o si vas a despeñarte por el camino. Tal vez conformarte sea el mayor muro de contención que van a encontrarse tus sueños y la rutina sea quien termine por atrofiar tus alas, mientras relegas los deseos al mundo de lo irreal y todo se vuelve más gris.

Tal vez el miedo a lo desconocido pueda matar, porque tal vez los días estancos sean días muertos, y tal vez merezca la pena cerrar los ojos y saltar al vacío, pintar las horas del color de las arenas movedizas, de las cuerdas flojas y los abismos. Tal vez valga más ese aire que te falta en la caída libre que todo el oxígeno del mundo. 

Tal vez los puertos seguros nos acorten la vida.

Tal vez sea hora de florecer otra vez y dejar al azar el color de los nuevos pétalos.

"La vida es de los que arriesgan,
de los que muerden sin prejuicios la manzana.
La vida es de los que arriesgan,
de los que apuestan todo a doble o nada".

Loquillo - La vida es de los que arriesgan


"Como un funambulista imbatible,
leyendo en braille los pasos del siguiente mortal".

Vetusta Morla - Baldosas amarillas