miércoles, 27 de mayo de 2015

Mar y música.

¿Te (nos) imaginas? En un pedazo de universo donde ser valiente no tiende a salir tan caro, donde la cobardía está tan mal vista que no vale la pena. 

Te miro.
Me miras.
Y ya.

¿Y si nos con-fundimos en un abrazo? En una versión de la vida que suene a piano y olas, en retazos de momentos escritos en clave de Sol y sal y de melodías en las que bemoles besan sostenidos y los silencios brillan como la Luna sobre el mar.


miércoles, 20 de mayo de 2015

Te echo de menos.

Te echo de menos. Sí, a ti.

Echo de menos que te cruces por sorpresa, que aparezcas por casualidad, buscarte entre un montón de gente. Echo de menos mirarte, que me mires y justo cuando te estás dando la vuelta se te escape una sonrisa. 

Te echo de menos de la forma en que se echa de menos a quien no se conoce. Echo de menos el silencio. Los saltitos de mi corazón, la sonrisa de imbécil que a veces me sacas. Y sólo por pasar por ahí.

Qué días tan difíciles y no estás para suavizarlos. Para transformar este oleaje tan violento en un mar que pueda surcar. Para hacer de la vida un sitio un poco más llevadero.


lunes, 18 de mayo de 2015

La chica de las gafas de sol.

Ahí va, con sus gafas de sol puestas. Son como un par de escudos oscuros que le permiten mirar a quien quiera sin ser descubierta. O son un par de escudos oscuros que le permiten viajar en tren sin que nadie se entere de que, ahí detrás, sus ojos están empapados. 

Amenaza tormenta.

Entonces, una lágrima fugaz se le escapa, traspasa la barrera de protección de los cristales negros y cae mejilla abajo. Y es posible que alguien en ese vagón se haya dado cuenta de que está llorando. A lo mejor alguien sabe que está triste, pero nadie sabe que lleva todo el día intentando evitarlo. Nadie sabe descifrar las palabras que caben en esa lágrima, y nadie sabe que un día ya lo regaló todo y hoy ya no le queda nada más; ni deseos que pedir, ni velas que soplar.


domingo, 17 de mayo de 2015

Volver.

Está pasando, estás volviendo. Antes de empezar a escribir ya me temblaban las manos, ya temblaba yo entera.

Pero sólo puede volver quien alguna vez se fue, y yo no he permitido que eso ocurriera nunca. Jamás tramité los papeles de tu olvido, y ahora se me mezclan con apuntes, frases bonitas e intentos de no llorar. 

Creo que todavía espero que vuelvas, en ese sentido en que sí te fuiste.

Igual algún día sí consigo dejarte ir del todo. Ese día seré un poco menos yo porque seré sin ti, pero estaré más entera porque dejaré de romperme.

Ojalá no tuvieras que volver. Ojalá nunca te hubieras ido.

Igual no tengo ganas de dejar que te vayas del todo. Igual decido romper esos papeles y permitir que te quedes a vivir aquí siempre. Y entonces siempre seré más yo, pero mucho más rota.


viernes, 15 de mayo de 2015

Latencia.

He dejado de creer que pueda vencerte, o vencer tu recuerdo, lo mismo me da. Vencer el hormigueo de mis manos o vencer la taquicardia que me hace temblar si me entretengo demasiado en nuestra historia.

Te has enquistado en fase latente, en algún rincón de mi corazón. Y cuando bajo un poco la guardia, te despiertas. Apareces de repente en mitad de un sueño. Ya no sé si hablas con tu voz o me la estoy inventando. 

Me hormiguean las manos y se me está acelerando el pulso.

Y entonces, teniéndote al lado, me da por mirar el reloj. Son las doce. E igual que Cenicienta, salgo corriendo, porque se me va el último tren. ¿El último tren a dónde? Maldigo a la yo de mis sueños por huir, y te pido por favor que vuelvas, que tengo una carta a medio escribir de cosas que necesito decirte.

Siento no haber sido tan valiente como me pediste. Pero es que también me pediste que no me rindiera nunca y me impediste luchar por ti. Supongo que todo eso me dejó confundida, y fue ahí cuando me cerré las puertas para dejar que te fueras para siempre. Fui yo la que te convirtió en una fase latente enquistada.

El cielo está demasiado azul para que me lluevan los ojos. Prefiero dejar de escribir aquí.


jueves, 7 de mayo de 2015

Fin.(..)

Ya he perdido la cuenta de las veces que lo he intentado y no me ha salido. No sé, poner un punto final no parece tan difícil. Es un punto, sólo eso. Una gota de tinta basta. Y ahí se acabaría todo. Porque si pones punto y final luego ya no puedes seguir, ya no se puede volver. 

Esa es la teoría.

No soy nadie para asegurar que no vuelva a ocurrir. Y claro, si has puesto punto y final, no puedes permitirte eso. Las recaídas van después de las comas, que quieren terminar y no se atreven. Los puntos finales son contundentes. No hacen excepciones. Son finales. Y punto.

De vez en cuando me dan espasmos de valentía. Y en cualquier lugar planto ese punto final. En un vagón de tren. De camino a cualquier sitio. Al cruzarme con. Justo cuando me estoy saltando esa canción del iPod que me recuerda a ti. Y el punto final dura poco, porque lo transformo en tres puntos suspensivos. Cobardes. O cobarde yo, pero esta es mi historia y la cuento como quiero.

Porque esa suspensión me da libertad para poder recaer en ti si me da la gana. Si un domingo es demasiado triste. O si no hay olas que se lleven tus recuerdos lejos. Si recaigo después de tres puntos suspensivos no le estoy fallando a nadie. Tal vez a ti que me llamaste valiente, pero nada más.

Pero recaer después de un punto final no está bien visto.

Así que, una vez más, prefiero dejarlo en suspenso.