miércoles, 16 de septiembre de 2015

Descargas.

Soy el tipo de persona que insiste en ponerse ese par de zapatos que sabe que le va a hacer daño. Literal y metafóricamente. 

Estos zapatos en concreto los tenía guardados ya en una caja. Y entonces, un chispazo de electricidad que dura apenas un segundo me mete un montón de ceniza en los ojos, y pienso cómo sería llevarlos de nuevo. 

Probablemente todas las tiritas del reino no bastarían para evitar que doliera. Y probablemente podría salir corriendo, pero me estoy probando los zapatos y ya rozan.

El problema más grande de esta corriente eléctrica es que es unidireccional.


domingo, 13 de septiembre de 2015

Pretérito.

Cosquillas en el alma y un beso en la frente. Un sobresalto en el corazón, y la vida con una banda sonora a piano. Sin motivo y sin avisar, es como un viaje en el tiempo. Huele a páginas pasadas que entran volando por la ventana y están tan seguras de lo que sienten que resultan casi convincentes.

Tan convincentes que, pasadas las cosquillas, mi alma se sigue riendo.


martes, 8 de septiembre de 2015

Palabras indultadas.

Llevan varias semanas las palabras pidiéndome salida, y no hago más que darles largas, aunque no sea por falta de necesidad. Por otro lado, igual que escribir es una vía de escape, para escapar escribiendo hay que remover demasiado las cosas que se llevan dentro, y para acabar llorando letras, preferí encerrarlas.

De repente habría dado lo que fuera por no estar conmigo misma. Y qué fallo, yo era la única persona de quien no podría huir jamás. Quería no saber, no entender, no pensar, no recordar. Sobre todo, no sentir. Porque si sentía, sentiría culpabilidad, y de esa tenía de sobra pulverizándome el alma. 

También me dio miedo mirar hacia adelante, porque se me había incrustado en las manos el pavor a volver a fallar de nuevo. Y eso conllevaría volver a sentir todas esas cosas de las que prefería escapar. El pasado me angustiaba, el futuro me aterraba y el presente no era precisamente el día que quisiese vivir. Y me encerré, con mis palabras.

Pero para bien o para mal los días pasan, y las hogueras se apagan. O te acostumbras a ellas. Me acostumbré a mi piel abrasada y al calor asfixiante. Me acostumbré a temblar si intentaba recordar, me acostumbré a pasar de largo y corriendo por mi memoria. Me acostumbré a tener miedo a lo que siempre había querido más.

Y un día, sin esperarlo, se me abrió una ventana de golpe y me entró agua salada y brisa de mar en la habitación. Un momento, un instante. Luego volvió a irse, pero me recordó que ahí estaba. Que el ayer es imposible cambiarlo, pero del mañana nadie sabe nada.