domingo, 22 de noviembre de 2015

De cuando todas las cosas iban bien.

Una vez leí que cuando una historia ha terminado, puedes mirar hacia atrás y ver los máximos y los mínimos, los mejores y los peores momentos. Y yo cuando miro hacia atrás, puedo ver cuando fui más feliz. Cuando todo marchaba bien.

El esfuerzo tenía recompensa, la amenaza de un salto al vacío se quedó en eso, en amenaza, los días tenían decenas de estrellas por las que valía la pena salir de la cama y enfrentarse al mundo, y la estrella más brillante de todas me rozaba los labios. Era ese verano en que todas las cosas iban bien. Antes de muchas cosas buenas, y todas las malas.

Porque la vida se torció, o la torcí, o me torcí, o se torció y me torcí con ella, y nunca volvió a encontrar el equilibrio que tuvo. El pico más alto ya había pasado y nunca más iba a alcanzar la cima de nuevo. Me convertí en una silla coja, o una frase incompleta, o una historia a medias, y yo lo que quería era vivir en un final feliz para siempre.

Cuando todo funcionaba bien no me daba miedo hacer planes, pensar en futuros muy lejanos y construirlos despacio en mi cabeza. Cuando todo iba bien contar lo que llevaba dentro no era una obligación, sino una necesidad. Cuando todo era perfecto sonreía y mis labios formaban tres arrugas, mi cara se llenaba de mofletes y lo único que me hacía llorar era alegría.

Hoy, cuando miro fotos de aquel verano, pienso "esto es de cuando todas las cosas iban bien". De cuando viví en la cima.


jueves, 19 de noviembre de 2015

Vete.

Patadas en el estómago y retortijones en el alma, ganas de escribir "pero no tengo tiempo" que se transforman en necesidad, presión en los ojos, en las manos, en el pecho, en la vida. La angustia que no se va por más que le grito vete.

Vete

Se lo digo a esta asfixia que tengo dentro, no a ti. Tú no, tú no te vayas. Es más, por favor vuelve, que tengo un sitio a mi lado y está vacío. Sigo guardándolo para ti. Sí, todavía. Y, si he de ser sincera, quiero seguir reservándotelo, no tengo ganas de que nadie más lo ocupe. Ni ganas de tener ganas de reemplazarte. 

Tengo ganas de martirizarme un ratito más: por no tener ganas de tener ganas de olvidarte, por torturarme de tanto en tanto, por todas las palabras que podía haber dicho y no dije y por aquellas que dije que mejor podría haberme callado, por cada una de las piedras que lancé a nuestro tejado, por cada una de las grietas que causé. Por tu adiós, por tu olvido, por tu rencor. Por seguir viviendo en el mismo universo que tú. Porque todo eso me duele. Me patea el estómago y me retuerce el alma.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Silencio.

Un silencio se me intenta escapar entre las costillas, y como no puede, pincha y duele. Quiere callarse, y que todo enmudezca.  Atardece de color amarillo y en mi cabeza se enciende una canción que habla de querer huir pero no tener dónde naufragar. Y después viene otra canción más, y luego otra y otra. Y encadenan sus palabras y sus letras a mis rizos, que se me enredan.

Insiste tanto el silencio en hacerse evidente que ya no sé qué quiere. No sé si busca que se me escuche o que yo escuche. Y qué pretende que diga, o qué pretende que entienda.

Si me callo a mi alrededor sólo hay otoño. Amarillo, marrón y naranja, luz con magia y el atisbo del frío que pide abrazos. Lluvia y pocas flores. Colores cálidos porque se avecina el invierno. El otoño es una de mis cuatro estaciones del año favoritas. Un otoño me preparó para el invierno más bonito que jamás haya vivido. Los otoños son dulces y suaves. Son silencio y lluvia.

Cuando estás en silencio demasiado tiempo, recuerdas. Cómo duele quedarse a solas con uno mismo. Un guiño y un guapa. Sería otoño, o invierno, o igual era verano, pero siempre era primavera en ese amor. 

El silencio se me intenta escapar entre las costillas que impiden que mi corazón salga corriendo. Y pincha, y duele. El silencio también.



Primavera de un amor,
amarillo y frugal, como el sol
del veranillo de San Martín

Peces de ciudad - Joaquín Sabina

sábado, 7 de noviembre de 2015

Ojalá tú.

La sangre corre, rápida, fuerte, y me duelen las venas porque se ha levantado el oleaje. Me dan miedo el olvido y el recuerdo, las espinas y el fuego, tu nunca y mi siempre. Tiemblo y algo por dentro me quema, me quiere llevar lejos y no me arranca de donde estoy. No tengo palabras porque el viento se las ha llevado todas, no me sale la voz porque una vez la regalé y la perdí.

La vida sigue en marcha por más que le pido que frene un poco. Que necesito tiempo, digo, y responde que ya he tenido suficiente. Pero no basta, nunca basta. Hay una mariposa que a veces aletea y me distrae, pero cuando se duerme, el árbol que crece en mi estómago afianza sus raíces como si fueran garras. Hasta parece que ruge.

Ojalá el reloj dejase de marcar las horas, y los minutos corrieran hacia atrás. Al momento en que todo iba bien. Cuando quedaba mucho por saber, mucho por descubrir y mucho por perder. Y ojalá no lo perdiera.

Ojalá la aguja de mi brújula gire como loca y vuelva a encontrar su norte. O a ti.


viernes, 6 de noviembre de 2015

Otoños de noviembre.

Casi se me olvida mirar el calendario, pero ya es de noche.

Era jueves por la noche, cenábamos mientras veíamos una película que nunca me he atrevido a volver a ver. Rugió el teléfono, y cómo iba yo a esperarme aquello. Tenía nueve años, ¿qué significaba la palabra "nunca"? Sonaba muy grande, muy eterno. Muy sin volverte a ver jamás.

Empequeñecí mientras me repetía nunca, nunca, nunca; siempre, siempre, siempre. Y la angustia se me metió en los pulmones y los ahogó como si fuera humo de tabaco. Te habías secado, llegó tu otoño, te marchitaste. Y te fuiste.

Ahora ya no estás solo, allá donde quiera que estés, y te has convertido en la excusa perfecta para cantar sólo esas canciones que son capaces de tocarte el alma. Porque son tuyas, porque tú me enseñaste mi primera lección sobre la música. Ahora escribo lo que me sale del corazón, con rabia, con angustia o con amor. O con nostalgia. Porque mis palabras son tuyas, porque tú me regalaste el amor por la ortografía.

Estás sin estar, en cada sostenido y cada letra. 


lunes, 2 de noviembre de 2015

Pólvora que explota cuando la prendes.

Cuidado con quien no se enfada nunca.

Cuidado con quien siempre cede, con quien siempre pone buena cara y con quien siempre se resigna. Cuidado con quien aguanta de pie cada golpe que lanzas, con quien no reacciona y no te los devuelve. Cuidado con quien calla y escucha.

Cuidado, porque igual algún día decide que no le da la gana seguir soportando tonterías. Cuidado, porque igual estalla y la detonación te lleva por delante. Cuidado, porque igual por la boca has ido perdiendo toda la fuerza que ella ha ido acumulando y te acaba reventando en la cara. Cuidado, porque igual tu estupidez no tiene límites y te equivocas. Cuidado, porque igual estás desatornillando la puerta de un dique cargado de agua. E igual te arrastra. Cuidado, porque las tormentas se forman de miles de gotas.

Cuidado, porque igual se da cuenta de que eres mucho menos de lo que cuentas.