martes, 29 de diciembre de 2015

"Clic".

A veces, en la vida algo sucede. Hace clic, o hace el ruido de una bombilla que se funde, o hace el ruido de una cerilla que se prende. 

Te fallan las piernas, el control, las compuertas de los embalses de los ojos. En pleno llanto te preguntas por qué lloras, y la respuesta es nada. O todo. O la vida desde hace algunas páginas del calendario. No hay nada concreto que te pida este instante de desconsuelo y, sin embargo, lo necesitas, y, sin embargo, quieres pararlo cuanto antes.

De un tiempo a esta parte, cualquier signo de debilidad es una carga. Algunas veces,  hay tantas manos a tu alrededor dispuestas a sacarte del socavón, tan insistentes, que acabas te creyendo una inútil, que tú sola no puedes. Que tus propias manos y tu fuerza no bastan, que necesitas mil pares más. Qué miedo da no verse capaz de valerse por uno mismo. Otras veces, flaquear no es una opción, porque si cedes tú, se desmorona todo lo que te rodea. No vale tanto un abrazo como mantenerse de pie sin derramar una sola lágrima. Ni siquiera está permitido tropezar, nadie quiere correr riesgos, mucho menos tú.

Igual es valentía o igual una imprudencia, pero te has propuesto que si el mundo se viene abajo tú serás lo último que toque el suelo. Pretendes soportarlo todo y aún te extrañas cuando una tarde, sin venir a cuento, rompes a llorar. A veces necesitas aliento y alguien que te lo dé; la cantidad justa, para seguir adelante pero no sentirte inservible. A veces las calles son demasiado estrechas, y mejor, porque te permite avanzar un trecho a solas. Tú tropiezas, tú caes, tú aprendes, y no hace falta que nadie te cuelgue la medalla al cuello, te levante o te reproche. A veces, sin embargo, necesitas una palmadita en la espalda, un "bien hecho" al oído, un "sabía que podrías".

Qué equilibrio más tonto el que hace falta para no desplomarse un martes de invierno sin venir a cuento. Qué necesidad de decir que estoy bien, pero a veces no. Que igual me muero de ganas de hablar pero no me apetece. Que no me molesta que de vez en cuando haya silencio. Que necesito cerrar las ventanas que dan al exterior para ventilarme por dentro. Que esta columna necesita un andamio, por si acaso.

Todo pesa, en los brazos, en la espalda, en el alma y el corazón, en los ojos, en los labios, en la entereza, en las fuerzas, en la voz, en la risa, en los sueños. En la vida, que cuando no puede más hace clic, o hace el ruido de una bombilla al fundirse, o hace el ruido de una cerilla al prenderse.

You have suffered enough
and warred with yourself,
it's time that you won.

Falling slowly - Glen Hansard

viernes, 25 de diciembre de 2015

Al otro lado del teléfono.

Pocas cosas hay peores que una voz entrecortada luchando por hablar al otro lado del teléfono. Significa cosas malas. Significa platos vacíos, luces apagadas, un beso de Feliz Navidad menos. Significa aguantar las lágrimas porque bastante tiene ya la voz llorosa con lo suyo. Pero tampoco sirvo de consuelo, porque voy con pies de plomo, con miedo a terminar siendo yo la consolada. 

Las voces temblorosas al otro lado del teléfono significan ausencia, dolor, partidas, rotos, tormentas, frío, angustia, incertidumbre, preguntas sin respuesta, evidencias demasiado certeras, siempres, nuncas. Pánico.

Tengo un corazón que prepara la armadura cuando oye dudar una voz al otro lado del teléfono, porque no quiere tambalear, no quiere caerse. Porque mi voz también dudó otras veces a este lado de la línea, y necesitaba serenidad al otro lado. Para ser una persona que adora la lluvia, necesité un cielo azul. 

Se escucha entrecortado...
Pierdo la señal...
Fin de la comunicación.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Victoria.

Hay personas escondidas detrás de un voy a estar a tu lado siempre, y luego desaparecen más rápido que una hoja de otoño volada por el viento. Y después, te escupen culpabilidad, dolor, decepción. Pero las agujas del reloj no perdonan, y el tiempo lo pone todo en su lugar. Si desaparecisteis y nunca os eché de menos, a lo mejor es que no aportabais nada a mi vida. Igual yo no os exilié, igual os marchasteis solos. 

Igual, al perder, gané.

Nunca nadie podrá afirmar con seguridad si soy vencedora o vencida, salvo yo. Las victorias más grandes son aquellas en las que me enfrento a mí misma, y ningún juez al que me encare jamás debería ser más severo que yo. Y no hay nada más absurdo y triste que un autoengaño.

Yo gano si controlo el vaivén de mi voz, si transformo la rabia en palabras, si las ganas de llorar que tengo son de emoción. Gano si pierdo a quién me duele. Gano cuando lo consigo después de lucharlo tanto tiempo. Conozco mis límites, y no gano hasta que los he superado. Gano cuando gana quien más me importa, gano cuando apenas recuerdo que vivo en un día triste del calendario, gano con las despedidas que significan reencuentros. 

Y aún así, de poco sirve que otros me alcen con la victoria si no me la otorgo yo.

Vivir es alcanzar metas para perseguir otras nuevas. Es no conformarse, es cumplir sueños sin dejar de soñar. Vivir es no tener límites y saber que siempre se puede volar más alto. Vivir es una carrera de fondo en la que no puedes dejar de avanzar ni cuando te estás quitando las piedras de los zapatos. 

Los tropezones son oportunidades para adelantarse.

El juego sucio sólo consigue llenar de polvo en camino. ¿Y qué sentido tienen hacerse trampas a uno mismo? Pues claro que se puede ser feliz con una medalla de plástico, pero será una victoria de mentira. Y en el fondo, tú lo sabes, y eso es lo que cuenta. Todas las jugadas quedan marcadas en el trayecto y en el alma, pero sólo puedes borrarlas del primer sitio. Ahí se quedan, y algún día la vida decidirá devolverte todo lo que has dado, las cosas buenas y las malas.

Las victoria es una actitud por la que hay que luchar, el triunfo no siempre se ve, y no todo lo que se ve como triunfo siempre lo es.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Diciembre.

Cómo le gusta al mundo llevar la contraria. El tren dejaba la estación y yo pensaba en el tiempo que llevaba sin escribir y las pocas ganas que tenía de hacerlo. Y justo entonces, las luces de Navidad alumbran la ciudad y me alumbran las palabras.

En diciembre todo brilla más, en diciembre nacen estrellas nuevas y  en diciembre la vida se resume en el abrazo más largo que puedes dar. Hay un cosquilleo que recorre las calles, y música de campanillas y canciones que hablan de todos los amores que existen. En diciembre hay magia y dulzura.

En diciembre hay nieve, blanca y pura y sencilla y perfecta. Y cada copo es diferente, cada uno trae un beso helado, y se derrite y transformado en agua se lleva un retazo de recuerdos malos. La nieve es lluvia hecha arte dulce y congelado.

En diciembre la sangre corre al galope para extender el calor por todo el cuerpo. Y baila. Y brilla. Y hay magia.

Qué miedo.