sábado, 31 de diciembre de 2016

Chin, chin, dieciséis.

Nunca he creído en las supersticiones que hablan de mala suerte, nunca he creído que existan días que son puntos de partida, y nunca he creído en empezar de cero. La vida es una imparable sucesión de segundos, y, en realidad, no entiende de diciembres y eneros. Sin embargo, nunca he podido evitar caer en la tentación del balance de fin de año y de los deseos para el que empieza.  Y tampoco he podido nunca evitar caer en la tentación de hacer trampas e inclinar la balanza de los últimos trescientos sesenta y cinco (o seis) días hacia el lado bueno.

Hace un año le pedí al 2016 ganas y emoción, flores y sorpresas, aeropuertos y sitios desconocidos, amor del bueno. Y me lo ha regalado todo. 

Decidí volverme ambiciosa y capturar cada día más cosas buenas, decidí abrir los ojos para ver las paredes del pozo en el que me había metido y decidí que no quería pasar más tiempo ahí. Decidí pasar página, cambiar de libro, permitir que volvieran a crecer las flores donde antes había dolor. Decidí darle la razón a quien una vez me dijo que, en un tiempo, al mirar atrás y releer historias viejas me llenaría buenos recuerdos. Decidí coger esa libreta en blanco y esa pluma que me ofrecía la vida para empezar a escribir un "érase una vez".

Me dijeron que se me veía más decidida, con más confianza y seguridad en mí misma, y me encantó. Volví a encontrar la paz en la música de las cosas que te llenan por completo, y gané. Gané canciones, gané sueños cumplidos, gané lágrimas de emoción. Dejé de seguir rumbo alguno por un tiempo para perderme, y perdí. Perdí partes de mi vida que habían dejado de tener sentido, perdí obstáculos, perdí cosas que te hacen ganar al marcharse. Por lo visto, gané por dos.

Qué miedo he pasado, qué angustia, qué de dudas, qué de interrogaciones sin respuesta. Y, poco a poco, todo fue poniéndose en su sitio. Y llegaron cosas nuevas, y gente nueva, y sensaciones nuevas, y refugios nuevos para tormentas nuevas. No sé cuánta gente puede mirar hacia atrás y sentirse orgulloso de sí mismo hasta casi llorar. Recordarse al borde de las lágrimas muerto de pánico y obligándose a seguir de pie, o aprendiendo a pedir ayuda en el momento preciso.

She needed a hero, so that's what she became.

Recuerdo que terminé el 2015 como una olla a presión a punto de reventar y, un año después, si me preguntan cómo termino el 2016, sólo me sale decir que feliz. Muy feliz.

Y gracias a ti, que has formado parte de ello. A todos.


miércoles, 21 de diciembre de 2016

La anatomía de las cosas invisibles.

Estamos hechos de cada melodía que nos pone la piel de gallina, de cada canción que nos emociona hasta la carcajada, del cosquilleo que nos invade la tripa en los instantes previos a las cosas grandes, de miedos superados y de deseos cumplidos. 

Crecemos siempre hacia arriba porque tenemos puertos seguros donde tomar amarras cuando la cosa se pone fea, porque somos capaces de descubrir las cosas que realmente nos llenan la vida de felicidad y nos tiramos de cabeza a ellas. Porque sabemos que la victoria más grande es la que nos otorgamos a nosotros mismos, que somos nuestro juez más estricto y, aún así, a veces nos miramos al espejo y pensamos "joder, es que hoy estoy muy guapa", porque es cierto.

Somos los trenes que dejamos ir para ganar un par de besos, y somos todos los besos que nos caben en la luz verde de un semáforo para esperar a que se ponga rojo y poder seguir frente al paso de cebra indefinidamente, porque también somos todas las despedidas que alargamos porque no queremos irnos porque estamos demasiado bien juntos.

Tenemos la piel cosida a caricias y cicatrices, tenemos en los ojos las estrellas que hemos visto brillar al mirarnos en otras pupilas y tenemos enredados en el pelo todos los sueños que invaden nuestra almohada. Tenemos entre las costillas planes, dudas, mapas, miedo y ganas, y nuestras piernas son un sismógrafo que mide en escala de Richter cada una de nuestras emociones.

El corazón bombea a cada instante la fuerza que necesitamos para vivir, pero en maldita bomba de relojería se convierte cuando late tan fuerte que parece que nos va a romper por dentro.

Al final, nos movemos en la constante cuerda floja de todo lo que puede salir bien y mal sin poder pararnos demasiado para no caer. Qué grande es el miedo que nos aplasta el pecho cuando se nos ocurre mirar hacia abajo y vemos el vacío bajo nuestros pasos, y qué de lágrimas de alivio nos corren mejilla abajo cuando alguien nos agarra fuerte la mano de repente y buceamos en unos brazos que nos dan seguridad, como si fueran una red que nos protege del precipicio.

Y respiramos más tranquilos. Y nos atrevemos a dar otro pasito más. Y otro. Y otro.



domingo, 27 de noviembre de 2016

Manual de domingo por la tarde.

Hace tarde como de acurrucarse,
de tenerse muy cerca
y que sean los latidos de tu corazón
los que vayan marcando
el paso de mis horas.

Hace tarde como de que el tiempo se pare
si me arropas con tus brazos,
de cerrar los ojos
y que se nos junten los labios
sin acordarnos de qué día es mañana.

Hace tarde como de nostalgia
de paseos por el Retiro y olor a tierra mojada, 
de olor a libro nuevo,
a taza de chocolate caliente entre unas manos
que se están muriendo de frío.

Hace tarde como de desvestir el alma
y que se empape bajo la lluvia,
de que corra hecha tinta por mi papel
contando que, lluviosa y gris, 
ésta es una tarde preciosa.

Hace tarde como de escribir poesía.


viernes, 21 de octubre de 2016

Sinergia.

Te imagino riéndote al leerme, y razón no te falta. Nadie debería dedicar a la ligera su canción favorita, su cita favorita, su palabra favorita. Pero es que tú eres mi persona favorita, e igual esta palabra encaja contigo completamente. Igual encaja con nosotros, con los dos, cuando estamos cerca.

Sinergia: Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales.

Como, por ejemplo, cuando a los dos nos late más fuerte el corazón estando juntos -y a ti parece que te va a romper las paredes del pecho-. Como, por ejemplo, cuando eres la mejor medicina para un día torcido, o un mural de colores vivos para un gris muy grande, o una carcajada que se me escapa cuando lo último que quiero es reír. Como ser feliz contigo y que me haga feliz hacerte feliz. 

Llegué a pensar que mis engranajes se habían roto tal vez para siempre, y sólo se estaban ajustando para encajar a la perfección contigo. Como la altura de mi boca a la altura de tu cuello, o como mi brazo a tu cintura por el Retiro. 

Te echo de menos desde el momento en que se cierran las puertas del tren, pero te echo de menos con el corazón lleno de una felicidad tan grande que parece que va a reventar. Y me siento la persona más afortunada del mundo cuando me vuelves a abrazar, o cuando tus dedos acarician los míos, o cuando te pillo mirándome de reojo y sonrío, o cuando me pillas mirándome de reojo y sonríes.

Contigo, la vida tiene ese algo más que la hace increíble. Y, a veces, todavía me parece imposible y sólo me sale suspirar y decir bajito "ay...". Y me río porque te imagino riéndote al leerme.


martes, 11 de octubre de 2016

Pájaros de cristal.

A veces preferimos quedarnos hechos cristales rotos por miedo a cortarnos mientras intentamos arreglarnos.

Y parece que acabo de escribir esa frase cuando apareces. Y juntas mis trozos desperdigados por el suelo, los recoges uno a uno y en tus manos vuelven a unirse. En tus manos, vuelvo a sentirme un poco pájaro con ganas de volar muy alto. Y vuelo un poquito, despacio. Me siento un poco más nueva, un poco más brillante y un poco mejor. Un poco más contigo, aunque no te gusten las cosas cursis y desde hace poco consigas que me salgan más a menudo.

Y entonces, pienso que tal vez dejé de estar tan rota hace ya tiempo y no supe verlo. Que quizá no soy la misma que cuando me rompí, que soy diferente y probablemente sea mejor así. Que igual he crecido, he aprendido, me he llevado cosas a lo largo del camino. Y que es posible que, de aquí en adelante, todo vaya mejor y a mejor.

Ahora, miro mis nuevas alas de cristal restaurado y escucho cómo tintinean cuando las bato, flojito. Suenan a música y a ganas. Suenan a mucha, mucha felicidad. Y suenan también un poquito a ti, que las haces sonar.


jueves, 29 de septiembre de 2016

Avviamento.

*Inserte título aquí*

La página en blanco me mira mientras el boli tiembla en mi mano con ese no sé qué de emoción de cuando empiezan las cosas buenas. La posibilidad de que todo es posible, el giro de 180 grados que le pedía a la vida, la felicidad que cabe en la palma de mi mano si tú me das la tuya, la excepción que mandó al garete todas mis reglas. Rugen motores y el mundo se pone en marcha. Y va bien. Va muy bien...

Vuelve la rutina con un chispazo de energía que nunca antes había tenido, con esas ganas, con ese hoy me como el mundo, con ese temblor en el pecho de cuando no puedes pedir nada porque lo tienes todo. Con la sensación de que cada trébol es un trébol de cuatro hojas, con el dolor suave de extender unas alas entumecidas por el desuso, con ese miedo débil de cuando llega algo que esperabas incluso más de lo que eras consciente. 

La página en blanco y yo nos miramos sabiendo que aquí empieza algo grande. Sabiendo que este principio no es como el resto de principios, que la cuesta de septiembre no va a costar tanto. La página en blanco se ríe porque me he quedado en blanco, porque se me han ido las palabras. Porque tampoco creo que me hagan mucha falta.


-Es un perfecto desenlace.
-No, es un perfecto comienzo.

(Anastasia - 20th Century Fox)

martes, 16 de agosto de 2016

Derrota.

Eterno luchador
siempre ganaste todas tus batallas
incluso aquellas
que ni tú sabías que librabas.

Y yo, cabezota como siempre,
me empeño en compararte
con aquellos que se cruzan por mi vida
pero tú, amor, eres huracán
y ellos sólo son brisa.

Es verano
y te permito la entrada a mis pensamientos
y te dejo campar a tus anchas
y se me olvida que algún día de estos
a golpe de lágrimas tendré que echarte
sin que nadie pueda ayudarme
a recoger los destrozos.

Si en algún momento te olvido,
lo hago como quien deja de ser consciente
de que inspira y espira
pero respira continuamente.
Como una canción que suena 
tan bajito y desde hace tanto
que ya casi ni se escucha, y aún así
a veces la melodía
me obliga a romper a llorar.

No existen poemas a tu altura
ni me atrevo a intentar inventarlos
pero no puedo tratar
de contener las palabras
si se me escapan en cascada entre los dedos
porque mis manos se vuelven locas,
locas y vacías,
sólo por pensar en ti.

Me reitero y te repito
que jamás se te resistió una batalla.
Tampoco ésta, la de mi olvido
pero es que, te confieso,
yo hace tiempo que abandoné las armas.



miércoles, 10 de agosto de 2016

El primero.

Me tiemblan las manos
histéricas, impacientes,
acusadoras, exigentes,
como una alarma de incendios que avisa
que hay rincones de mi cuerpo
a los que aún no ha llegado la mancha de tu marcha,
esa que me derriba
como una ola cuando se estrella
contra un dique fabricado con el papel
donde firmé que te querría siempre.

A veces, todavía me parece
que mi corazón late al ritmo que tú marcaste
como una más entre tantas canciones.
A veces, todavía me abrazo a tu nombre
cuando, por la noche
no consigo dormir.

Voy a la deriva
y no me atrevo a concretar si tus besos
eran el mejor de los refugios
o eran la tormenta perfecta.
Tampoco me atrevo a recordar
cómo era existir con tu piel pegada a la mía,
o encontrar tus manos a oscuras
y descubrir que la vida nunca había tenido tanta luz.

Me da miedo el día en que a mi memoria vuelvan
en tropel tu tacto, tu voz y el color de tu mirada
porque si ahora te quiero
como se quiere a un fantasma,
y aún así soy un castillo de arena a merced de un huracán,
qué no pasará si te tengo en frente,
qué incendio no volverá a arder,
cómo será (no) olvidarte otra vez.



jueves, 4 de agosto de 2016

Juego de sombras.

Cómo voy a escribir lo que siento si lo desconozco. Si me tiembla el pecho y corro. Si se me empañan los ojos sin venir a cuento. Sólo pido que llegue el frío con su constante excusa para poder arroparme, porque el calor me deja desamparada y a la intemperie de este no sé qué que me llena o me vacía, según se mire. 

De nuevo, pesadillas que no terminan al abrir los ojos y cuentos de hadas que se rompen en pedazos al sonar el despertador. De nuevo, una ciudad que es una jaula, una tortura, y a la vez, un hogar. De nuevo, esas ganas de ir muy lejos a algún lugar desconocido. De nuevo, esa necesidad de resetear la vida. Y el corazón. De nuevo, este hueco vacante bajo candado, y los engranajes de mi cabeza girando a toda velocidad, rugiendo, gritando. Pensando.

No hay manera de parar esta catástrofe, no hay forma de que las piezas dejen de encajar, pero tampoco hay forma de juntar los pedazos rotos si me da miedo tocarlos. Lo único que queda de mi palacio son los cristales y de las rosas, las espinas. Y se reinicia el cuento de nunca acabar, el que no existe. El cuento de la rabia y los puertos seguros, el cuento donde encontraba mi paz, el cuento de los días felices y de la angustia, el de la respiración que no está, el del corazón desbocado. El cuento de mis luces y mis sombras, el cuento de todos los colores. El cuento que se escribe a su antojo y sin parar, porque nunca frena, porque el cuento soy yo misma y la vida no se detiene.

Se me ha enquistado la duda eterna de lo que viene y el pánico al dolor. A veces gana la cobardía y otras, las ganas; la incertidumbre es eterna vencedora. Sé de sobra que no se puede vivir con miedo a la vida, que tiene cumbres y valles y que gira y cambia cuando menos te lo esperas. Pero, aunque tengo las luces encendidas, todavía las bombillas parpadean y amenazan con apagarse.

De nuevo, fundido a negro.


Esta sala de espera sin esperanza,
estas pilas de un timbre que se secó,
este helado de fresa de la venganza,
esta empresa de mudanza
con los muebles del amor.

Joaquín Sabina - Nos sobran los motivos

martes, 19 de julio de 2016

Espera sin esperanza.

Hace tiempo, las noches de verano y yo éramos mejores amigas. Me asomaba a la ventana y corría una brisa débil, y la Luna brillaba y yo le contaba cosas. Era mi nexo con cualquier lugar, con cualquier persona. Era un consuelo, un baúl de deseos, una incondicional que cada noche volvía y yo volvía a encontrarme con ella. Las noches de verano eran inspiradoras, y las palabras brotaban solas entre sábanas y música. Escribir era tan fácil como respirar.

Entonces, un día, la brisa débil se detuvo en seco, y la Luna apareció un día en el cielo afilada y cruel. Era un espejo que reflejaba cada deseo que le había formulado y que jamás se había cumplido. Peticiones caducadas que a estas alturas de la historia no tendría el valor de volver a suplicar. Al menos a alguien que no fuera yo y en silencio. Las estrellas brillan agónicas y anónimas en una ciudad que lucha por borrarlas del mapa, porque el cielo de Madrid no está hecho para ellas.

Entonces, el verano se transformó en una hoguera. La tinta se evaporó sin dejar rastro, y escribir sin que doliera era tan difícil como descontracturarme el corazón. Porque nunca he escrito nada que no sintiera, y de pronto sentir era lo último que quería permitirme. Sentir era una trampa, un agujero negro.

No queda valor para el recuerdo, no quedan fuerzas para evitar sobrepasar el límite entre lo que está permitido soñar y lo que no. No queda asidero al que aferrarse para no entrar en esta dichosa espiral. No me queda paciencia, ni sé qué estoy esperando.

Sólo espero que llegue el otoño y se me olvide esperar.


sábado, 9 de julio de 2016

Lo menos peor.

Julio trae el verano de vuelta, y los rayos de sol abrasan los muros de hielo que me salvaban de mí. Gota a gota se derriten, y gota a gota yo ardo. Me pongo a temblar, de recuerdos, de dolor, de miedo, de interrogación. Tiemblo, porque me aferré a un clavo ardiendo para evitar caer directamente sobre las llamas, pero empiezo a tener la piel calcinada. De nuevo, la mejor opción es la menos peor, la que me encoja menos el corazón y menos de vez en cuando, la que me obligue a esconderme bajo paredes congeladas de un grosor menor.

Me propongo hacer caso a las señales de peligro que suelo pasar de largo cuando la imaginación se me va de las manos, me propongo no saltar al vacío sin asegurar el paracaídas, me propongo no olvidar jamás los por si acasos. Me propongo, en definitiva, vivir un poco menos para sobrevivir un poco más.

Me rindo porque el fuego me quema las fuerzas y un par de ilusiones. Me rindo porque otra vez me he saltado la distancia de seguridad y me he dado de bruces con todo lo que no depende de mí y aún así me carboniza el sueño. Me rindo porque algo se me resquebraja en el pecho. Me rindo. Y punto.

Algún día, disparando al azar, acertaré en el blanco de la diana. Y tal vez, ese día, se me permita no pensar, no temblar, no dudar. Tal vez se me permita no tener miedo a dejarme llevar por un sueño. Tal vez me sienta tan segura que pueda cruzar el cable extendido sobre el vacío de un extremo a otro de la vida. Tal vez cierre los ojos sin miedo a caer.

Tal vez merezca la pena el golpe.

Llevaos el calor, que me derrite las defensas.


sábado, 2 de julio de 2016

En aquel "¿y si...?" me maté yo.

No voy a decirte que mi vida si no estás aquí no tiene sentido, ni que no sé ser feliz si no te tengo a mi lado. Tampoco voy a decir que no puedo vivir sin ti, ni que seas la condición inamovible para despertarme por las mañanas con ilusión. No pienso decirte nada de eso, porque sería totalmente mentira.

Sin embargo, no es mentira que contigo todo es un poco más. Un poco más vivo, un poco más grande, un poco más brillante. Mejor. Un poco más inestable, un poco más cuerda floja, un poco más corazón acelerado. Qué miedo. Un poco más terremoto, un poco más sin palabras, un poco más abismo. Y me dejé caer, porque seguir en tierra firme ya no tenía sentido.

Hay palabras que por dentro queman y se te clavan en los huesos. Hay palabras que te oprimen y te retuercen el corazón, y no te dejan respirar y se te agolpan en la boca gritando en silencio salir. Hay palabras a las que es mejor abrir las compuertas y dejar libres. Que vuelen, y ya el viento dirá hacia dónde las arrastra, y te arrastra con ellas. Mejor ser prisionero de lo que sientes a serlo de un "¿y si?" que nunca se responda. Mejor poner toda la carne en el asador que dejar que te abrase la duda. Mejor vivir con cicatrices que no vivir.

Dejar fluir las palabras que tratan sobre lo que sientes, es como desnudar el alma y dejarla a la intemperie. Pero quién sabe, igual viene alguien y la arropa. O igual así es más libre, y con eso basta. Igual se te llenan los labios de sonrisas de alivio y orgullo, porque has sido capaz. Igual a veces el destino desconocido de nuestros actos es lo de menos, porque lo que importa es lo que te sale del corazón.

No sé quién era más prisionera, si las palabras que clamaban por gritarse o yo por no gritar. 

Y no sé si ahora pago aquel indulto, o si vivo a la espera de un nuevo giro de peonza, o si sólo estoy en mitad de la nada con la vida muy despeinada.



miércoles, 8 de junio de 2016

El arte de emocionarse.

Piensa en un momento en el que fueras inmensamente feliz.

Qué bonito es emocionarse, emocionarse de verdad, y qué poco ocurre. Igual precisamente en eso resida la magia. Casi nunca nos acordamos de lo maravilloso que es respirar porque respiramos todos los días. 

Empieza justo en el centro de la tripa, como un cosquilleo suave, unas ganas infinitas, una sonrisa nerviosa. Como la introducción dulce de una canción que habla de pájaros, de cielo, de libertad, de océanos y de felicidad. Y el hormigueo trepa desde la tripa hasta el pecho, y el corazón de repente late más deprisa, al compás de esa música. Después se extiende por los pulmones, los llena y los expande para que entre todo el aire posible, para que la melodía no pare ni un segundo.

Entonces, el cosquilleo ya es un terremoto, y el pecho se le queda pequeño y necesita más. Y sube, garganta arriba, con decisión. Te inunda la boca, la abarrota de palabras, de intenciones, de aquí y ahora, de felicidad absoluta. 

Llega un momento en que, de nuevo, tripa, pecho, garganta y boca no bastan. Tienes tal torrente de sentimientos dentro que buscan salida. Y primero sonríes, después te entra la risa y te brillan los ojos. Todo sale. Las carcajadas saben a emoción y a música porque la canción aún suena. Las carcajadas saben a vida, y a pasión, y a no querer cambiar por nada tu lugar en el mundo de ese momento exacto. Porque eres tú quien no aguanta la risa de pura felicidad. Eres tú, pequeño terremoto de emociones, quien se siente en la cima del mundo.

Son tus ojos los que guardan estrellas que lucen fuerte porque están repletas de alegría.

Qué bonita es la emoción cuando te llena por entero.





sábado, 28 de mayo de 2016

(in) Gravity.

Un cóctel molotov en la mente, un terremoto en las manos, un huracán en el corazón y una olla a presión en la boca. Un miedo que suelda los barrotes de la celda que no deja que salgan las palabras. Un montón de sueños que no me dejan dormir. Una bandada de pájaros en la cabeza que pían muy fuerte y no me dejan pensar. Que no me dejan pensar en otra cosa que no seas tú, en realidad.

Hay algo que me tiembla en el pecho. Pavor, creo. Necesidad, tal vez. La sangre hirviendo, burbujeando. Impaciencia. El tic tac de la cuenta atrás que me he inventado y que se me clava en la piel. Ayuda, socorro, auxilio, me ahogo. O blanco o negro, o estrella o me estrello. Y cada vez veo el impacto contra el suelo más cerca.

Y por otro lado, qué revoloteo de mariposas más dulce llevo dentro. Me hacen cosquillas en el estómago con el roce de sus alas, y a veces parece que también vuelo yo. A veces parece que la vida puede empezar otra vez. Que cuando decían todo pasa, tenían razón. Pedía incertidumbre y tengo una muy grande. Una interrogación, un abismo, un salto sin paracaídas y mucho miedo al dolor. Pero es que me late el corazón tan fuerte...

No quise hacer caso a la señal de peligro hace tiempo, y tampoco voy a hacerlo ahora. Porque creo que, o dejo que todo esto escape, o se me van a fundir las paredes del cuerpo. El fuego arde, mi huracán lo aviva. Sinergia o imprudencia, no lo sé. Me atrevo a mirar el precipicio que tengo a mis pies y me da un escalofrío. De repente, las plumas de mis alas vacilan inseguras. Nos vamos a estrellar, susurran. Y las escucho sin querer escucharlas, pero no las respondo. Porque eso ya lo sabía yo, pero no se lo he dicho nunca para no asustarlas.

Cuando se está al borde del abismo sólo hay que cerrar los ojos y dejarse hacer. La gravedad dirá.


martes, 17 de mayo de 2016

Limerencia.

Un vaso de café en el fregadero después de apurar los últimos restos de azúcar del fondo. Vainilla en el cuello y las muñecas, música en los oídos y en la cabeza y el corazón. Canta bajito por la calle y el tren llega al andén justo cuando llega ella, y el metro la está aguardando en el suyo, y el autobús frena en la parada para que ella no tenga que esperar. Se deja atrapar por las páginas del libro que lee. El cielo es muy azul, el sol brilla fuerte y la vida es ágil. 

Sincronizada.

Las palabras fluyen, de la mente a las manos, que tiemblan impacientes por deshojar margaritas. Porque cree en esas cosas sólo si le dan la razón. Se vuelve loca por las flores, por los fuegos artificiales, por meriendas de chocolate por reír muy muy fuerte. La brisa es suave, la sonrisa perenne y la vida se tiñe etérea.

Sintonizada.


domingo, 15 de mayo de 2016

No vivir puede matar.

Tú, que no tenías ni idea de dónde estabas ni a dónde ibas, ni qué buscabas, ni qué querías, ni qué esperabas de la vida. Tú, te has imaginado un camino de flores de colores que brillan al sol, y de repente te inventas un destino incierto, inseguro, enclenque. Pero aquí hemos venido a jugar, ¿no?

De repente, vivir es revivir un flashback que te hace temblar de miedo e ilusión a partes iguales. La firmeza de las arenas movedizas, la adrenalina de las cuerdas flojas, las vistas desde el borde del abismo, el aire que te falta en la caída libre. El grito ahogado y el corazón al galope porque no tienes intención de abrir el paracaídas. Cuando supe que quería, me di cuenta de que podía.

Tal vez la vida sea como una parada de autobús, y ninguno frena para que te subas si no se lo pides tú. Tal vez los autobuses no lleven un cartel luminoso con su destino, tal vez la gracia sea no saber si vas a llegar al final del trayecto o si vas a despeñarte por el camino. Tal vez conformarte sea el mayor muro de contención que van a encontrarse tus sueños y la rutina sea quien termine por atrofiar tus alas, mientras relegas los deseos al mundo de lo irreal y todo se vuelve más gris.

Tal vez el miedo a lo desconocido pueda matar, porque tal vez los días estancos sean días muertos, y tal vez merezca la pena cerrar los ojos y saltar al vacío, pintar las horas del color de las arenas movedizas, de las cuerdas flojas y los abismos. Tal vez valga más ese aire que te falta en la caída libre que todo el oxígeno del mundo. 

Tal vez los puertos seguros nos acorten la vida.

Tal vez sea hora de florecer otra vez y dejar al azar el color de los nuevos pétalos.

"La vida es de los que arriesgan,
de los que muerden sin prejuicios la manzana.
La vida es de los que arriesgan,
de los que apuestan todo a doble o nada".

Loquillo - La vida es de los que arriesgan


"Como un funambulista imbatible,
leyendo en braille los pasos del siguiente mortal".

Vetusta Morla - Baldosas amarillas

viernes, 22 de abril de 2016

Entropía.

Me gusta la gente que tiene miedo y aún así salta. Que se despeina. Que siente con fuerza, se mancha los vaqueros de césped y se moja pelo cuando llueve. Me gusta la gente que improvisa e inesperada, la que canta sin miedo. Que se sonroja cuando algo le hace cosquillas en el corazón, que tiembla de nervios, a la que le brillan los ojos. Que se ríe de sí misma, que no le da miedo lo desconocido, que camina siempre como si tuviera un rumbo aunque se esté inventado el camino.

Me gusta la gente que cree en el amor, que se vuelve cursi a veces, que se arriesga. Me gusta la gente que hace locuras, la gente a la que le vale la pena el esfuerzo, la que baila en el ascensor. Que lleva colonias suaves, que aparece de repente, que da besos en la frente. Me gusta la gente que mira fijamente a los ojos, que estalla en carcajadas y que llora de felicidad. 

Me gusta la gente que lee en el tren, que marca el ritmo de las canciones que escucha con el pie, que inspira muy fuerte cuando huele a tierra mojada. Me gusta la gente que guarda secretos, que cuenta chistes malos que curan días malos. Me gusta la gente espontánea, que vive, que un día tiene un detalle. Me gusta la gente que deshoja margaritas hasta que una le da la razón, que no se rinde, que no baja los brazos. Me gusta la gente valiente, la que entiende la poesía, la que sonríe sola por la calle.

Me gusta la gente sin miedo a las interrogaciones. Sin miedo a vivir ni a ganar.

martes, 12 de abril de 2016

Despedidas al despertar.

La ventaja de las pesadillas es que al final te despiertas. Que, afortunadamente, no son ciertas. Que al abrir los ojos puedes decir que era todo mentira con un suspiro de alivio. Que en la vida real estás a salvo.

El problema está en esos sueños que te hacen creer que la pesadilla viene al despertarse. Como si dejar de soñar fuesen las doce campanadas de Cenicienta que rompen el hechizo. Todo se desvanece, como desaparece el humo alejándose cada vez más y más en el cielo, como una bombilla que se funde cuando el hilo no da para más. El telón se viene abajo. Fin. 

El problema no está en las pesadillas que te hacen sufrir cuando duermes, sino en esos sueños a los que te mudarías a vivir para siempre sin despertar nunca.

El problema está en que me creía a cubierto que tu voz, de tus palabras, de tu olor y tu manera de hablar. Pero mi subconsciente, director y guionista de cada uno de mis sueños, los tiene atesorados, a salvo de mi olvido. 

Sueño con un cuento de hadas basado en hechos reales, y que sigue fielmente el guión. Nada podría decirme que no es verdad, salvo esos segundos en los que empiezo a darme cuenta de que me estoy despertando. El reloj da la primera campanada de las doce, el cuento comienza a volverse humo. La luz de esta bombilla se funde. Y vuelvo a quedarme sin tu voz, sin tus palabras, sin tu olor y tu manera de hablar. El telón cae precipitadamente.

Fin.


"Cada noche siempre fue una ausencia
y cada despertar un desencuentro".

Mario Benedetti - Por qué cantamos


"Esos eran los peores recuerdos. Preciosos y perfectos. Afilados como un bocado de cristales rotos".

Patrick Rothfuss - El nombre del viento

lunes, 28 de marzo de 2016

Nadie se encontró si no estuvo perdido.

Lo que dura un parpadeo es lo que tardo en ponerle palabras a este cómo me siento que se ha escondido detrás de una interrogación tanto tiempo. Cierro los ojos y al abrirlos se me escapa por la boca. Perdida. Completa, total, y absolutamente perdida.

Y sin embargo, no me da miedo no saber en qué punto estoy. No me asusta tanto como me asustaba cuando no sabía qué ocurría. No sé si tirar hacia mi derecha o mi izquierda, pero la incertidumbre no me intimida. Sólo me inquieta, un poco. Pero perderse significa que puedes acabar en cualquier lugar, sólo basta caminar y no quedarse quieto. Tal vez mi extravío sea el punto de partida que buscaba.

Me permito cerrar los ojos y respirar. No sé a dónde voy, no necesito vigilar mis pasos. Basta con que camine hacia donde me apetezca caminar, porque no hay sendero pintado en el suelo, y así sólo se me multiplican las opciones. Quiero dar un rodeo a solas y volver a saber de mí. Contarme cómo me van las cosas y si quiero ir a pasos lentos o avanzar a saltos. Porque da todo igual, estoy perdida, y aunque me muero por tener un rumbo fijo, un destino y una determinación, tal vez esto sea un respiro que me da la vida. 

No sé hacia dónde voy a ir y me da igual. Estoy en punto muerto, en mi kilómetro cero, cogiendo aire con muchas ganas y a ver dónde aterrizo. No necesito que nadie me encuentre, necesito saber hasta dónde puedo llegar. 

Tal vez, perderme era lo mejor que me podía ocurrir.


"Sin duda hay que perderse para encontrar destinos inalcanzables, de lo contrario todo el mundo sabría dónde están."

Piratas del Caribe en el fin del mundo

domingo, 27 de marzo de 2016

Tormenta de flores.

No hay tempestad que dure lo que dura un olvido, ni olvido que dure lo que tarda en llegar la calma.

No puedo quedarme quieta porque te encuentro demasiado cerca, demasiado dentro, como para no darme cuenta de que estás. De que no estás. Necesito atrapar el brillo de la Luna para ti, pero se me escurre entre los dedos y me araña la piel. 

Se me escapan las palabras y me siento como si quisiera encerrar el viento que corre en mis manos. Necesito una caricia que me calme el corazón y ponga voz a las canciones que no sé cantar. Que el aire que maltrato y convierto en gritos te avise. Necesito correr.

Vivo a la espera de un cambio, un giro de 180 grados y una caída en picado. Un chaparrón que eche a perder esta capa de pintura. Una banda sonora que sustituya el silencio que quedó al cerrarse el ascensor. Un par de flores para que respire este campo de margaritas masacrado a base de decirme que no.

De repente soy una niña enrabietada lanzándole puñetazos al aire, llorando porque me ahogo y el oxígeno que me falta sólo puede dármelo quién me lo quitó al marcharse. De repente, acabo de volver hacia atrás, pero nunca lo suficiente.



martes, 22 de marzo de 2016

Destino entre interrogaciones.

Al cabo de un tiempo, volví a encontrar refugio entre las páginas de un libro, volví a dejarme atrapar y volví a olvidarme del paso de las horas en el reloj. Volví a ser un poco más yo. Con las mismas batallas pendientes, con las mismas tormentas desatadas y con el mismo puerto seguro donde amarrar de siempre.

Sigo necesitando salir corriendo, huir lejos, cambiar. Pero, al menos, pretendo viajar leyendo. Las vías de un tren me llevarán a alguna parte, y las palabras de la historia que me acompañe me llevarán mucho más lejos aún. Y después, vendrá otra. Y luego otra más.

Cada paisaje tendrá su propio verso en una canción de palabras inconexas que escribiré a trazos irregulares porque tengo las manos heladas. El granizo se estrella contra los cristales de mi vagón, y el sol me obliga a cerrar los ojos, y las nubes me tapan el azul del cielo, y hace frío y me asfixia el calor. Mi cuento para ir a dormir se emborrona con el vaivén del tren, perdió su argumento tiempo atrás porque la medicina más efectiva resultó causar dependencia, adicción y síndrome de abstinencia. Aprendí a dejar la mente en blanco pero a veces se me olvida. A veces todos los abrigos no me bastan, porque entre los hilos se me cuela el frío.

No sé, ni me interesa, dónde acaban los raíles que me llevarán lejos de hoy. Mi billete sin opción de vuelta tiene pintada una enorme interrogación, una sorpresa, una incertidumbre. La posibilidad de que todo es posible. Recorriendo estas vías todo es viable, y tantas oportunidades me abruman. Tantas alternativas. La inmensidad de la palabra todo. Y el pánico a lo desconocido, y las ganas de conquistarlo.

Tengo el corazón lleno de ganas de que la vida cambie, tanto que me da miedo que termine por reventar.



jueves, 25 de febrero de 2016

Apnea.

La vida desde hace tiempo se convirtió en un paseo bajo el mar sin botella de oxígeno. Al principio tenía una angustia muy grande en el pecho, un dolor en los pulmones que gritaban pidiendo alimento. Poco a poco me acostumbré, pero no tengo muy claro si fue a no respirar o a escuchar el ruido que me venía de dentro. 

Cerré los ojos por culpa de la sal, y continué el viaje a ciegas, recordando a veces que me faltaba un poco el aire, sin encontrar ese algo a lo que aferrarme cuando a cada brazada me quedo sin fuerzas. O cuando no tengo ganas de esforzarme en nadar. Algo que me ayude a ir por donde tengo que ir cuando prefiero dejarme llevar. O cuando quiero dar media vuelta.

Hace mucho desde la última vez que necesité inspirar una buena bocanada de aire y desde que noté como me crujían los pulmones, furiosos. Y de repente, en medio de este torbellino que me arrastra y yo, que no sé si quiero dejarme arrastrar u oponerme a su fuerza, he pensado que lo que más me apetecía era inspirar hondo, y me han vuelto a temblar las manos. De pronto, me has hecho falta. 

Y me da miedo, porque yo era de esas que podía hacerse largos enteros en la piscina sin salir a respirar, sin siquiera necesitarlo. Pero desde el instante en que volvía a coger aire, mis pulmones enloquecían y pedían oxígeno a cada impulso. Se olvidaban de que habían sido capaces de sobrevivir sin él.

Me da miedo, porque no hay salida posible que no sea una trampa, puesta por la vida, puesta por otro, o puesta por mí, pero al fin y al cabo, trampa. 

Me da miedo porque el universo no me da tregua, no tengo tiempo para recuperar una frecuencia cardiaca normal antes continuar buceando. Porque no hay oxígeno.


domingo, 14 de febrero de 2016

Borrascas y poetas.

Todos los días tienen un momento en el que cabe poesía, en el que está permitido hablar de sentimientos, de lo que cuenta el corazón cuando late, de vulnerabilidad y fortaleza. En ese instante, vivimos a bordo de unos versos que componemos sin querer, que riman a la perfección, que tienen una métrica impecable. Porque el poema más perfecto es el que se siente sin pensar.

A veces es hasta útil demostrarle al mundo que hay cosas que nos mueven por dentro. Que, al fin y al cabo, somos personas y no pedazos de acero inoxidable. Que la fortaleza está en quién tiene debilidades y las supera, no en quien vive con una armadura que le protege del mundo. Ese no es fuerte, sólo un poco estúpido. Evadirse no es una solución, es ser cobarde.

A la gente le da miedo demostrar que siente algo, y a mí me da miedo la gente que parece no sentir nada.

Cada vez que he intentado escribir un poema lo he acabado matando a tachones. Y, sin embargo, sólo me he atrevido con los versos cuando estaba totalmente segura de lo que quería decir. Supongo que no supe encontrar las palabras adecuadas, o que las encontré demasiado bien, y entonces emborroné el papel para protegerme de ellas. Para evadirme. Ejemplo de cobardía y estupidez número 1.

Los días de viento y lluvia dan más margen al corazón, como si limpiaran la capa de esmalte que nos hemos echado por encima, y la piel que hay debajo empezara a componer. Y de repente, sale el sol, la tinta se nos seca antes de que podamos revisarla y nos apresuramos a coger brocha y pintura para esconderla. Ejemplo de cobardía y estupidez número 2.

La ventisca es un torbellino y no oigo lo que me quiere decir. Cada noche invento un cuento para irme a la cama, y no sé qué argumento debe tener. Tal vez lo que me calme hoy mañana no me dejará dormir. Qué revuelo, qué de vueltas en la cama y qué falta de respuestas.

Qué falta de poemas, que no sé de qué escribir.

Incluso en estos tiempos
triviales como un baile de disfraces
todos los días tienen unas horas
para gritar al filo de la aurora
la falta que me haces.

Incluso en estos tiempos - Joaquín Sabina

miércoles, 10 de febrero de 2016

Dulce introducción a mí.

Tengo un humor como para que se desate una tormenta. Como para no estar sentada, sino hacer. Como para salir a la calle -truenos incluidos- y caminar mucho, sin saber muy bien a dónde voy, pero haciendo como que lo tengo muy claro. Sin dudar en los cruces ni las intersecciones. Nunca dando media vuelta, si acaso buscando un rodeo, otra calle.

Lo que más me apetece es encerrarme en la primera página de un libro y no intentar escaparme de ninguna forma, hasta que él me libere en la última. Que se rompa la cadena que ata el reloj a las horas, como dice la canción, y que pueda cantar, muy muy alto, porque nadie me escucha.

Voy a hacer como que no me acuerdo de que existes, voy a hacer como que no sé pensar. No tengo tiempo para perderme ni para encontrarte, no tengo tiempo ni para deshacer los enredones que tengo en la cabeza; no tengo tiempo para mí, como para tener tiempo para ti. 

Tengo un humor como para intimidar a las mareas, como para que las olas se callen y se retiren, cobardes. Como para reventar cristales y romper silencios. Como para salir corriendo, como para llevar la contraria a todo el mundo. Porque quiero caminar a ciegas y ya se verá. No quiero rodeos, quiero disparos directos al corazón. No quiero telodijes ni encontrarle un defecto a cada cosa que ocurra. Ni que las cosas dejen de ser lo que tienen que ser, ni que los secretos se cuenten. 

Sopla el viento fuerte y derriba árboles, y hace saltar alarmas, y lo revuelve todo muy deprisa. Te mete arena en los ojos, te despeina. Está lleno de rabia y está empeñado en demostrarlo. Porque en realidad, pide a gritos un poco de paz, quedarse sin fuerzas, cerrar los ojos y dormir. Pero tampoco quiere que esta calma se la regale cualquiera. Quiere huir rápido y lejos y que alguien se dé cuenta y vaya a buscarle. A rescatarle. A decirle que ya pasó.

A contarle que el caos es maravilloso.



Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas,
se paró el aguacero, ahora somos flotando dos gotas.
Agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor,
me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor.

Volar... volar.

Dulce introducción al caos - Extremoduro



miércoles, 13 de enero de 2016

Blind.

Ojos que no ven, corazón que se salta la señal de peligro.

Aunque igual sí se ha dado cuenta de que estaba ahí, pero se ha hecho el loco, que de eso él sabe mucho. Ha subido el volumen de la música, se ha puesto a cantar a pleno pulmón y ha bajado las ventanillas para que entrarse todo el aire de fuera. Ha seguido todo recto sin mirar por dónde pisa, sin fijarse en si hay trampa.

Por supuesto que hay trampa.

Pero bueno, aquí estamos, y parece que se nos ha estropeado la marcha atrás. O el corazón prefiere que pienses eso. Que nada le interrumpa en su despeñamiento, no vaya a salir ileso. Él sigue, a toda velocidad, y se deja llevar porque lo contrario es más difícil. Qué sorpresa se va a llevar cuando vea que en vez de salir de un socavón, se ha metido en otro peor. No hay nada que le haga retroceder, pero tú buscas con desesperación una excusa que consiga distraerle. O convencerle. 

Pero es que no hay manera.

Ojos que no ven, corazón que agudiza los sentidos.


lunes, 11 de enero de 2016

"Love is stronger than death".

Soy del tipo de personas a las que le dicen "si quieres llorar, llora, no te aguantes, que luego es peor", y se aguanta.

Y luego es peor.

Otro día igual que hoy el cielo era de un azul precioso y el sol brillaba fuerte. No parecía darse cuenta de que una luz se estaba apagando, que era un día triste que merecía verse en blanco y negro. Hoy es un día igual que aquel, y el cielo es gris, y llueve, y sopla un viento que quiere arrancar las ventanas. Es un día furioso, desconsolado, triste. 

Igual es que el cielo quería llorar hace un año y se tragó las ganas, aunque le dijeron que no lo hiciera. Igual no le gusta llover si alguien le ve, e igual por dentro tiene el corazón inundado. En tres días se nubló, tronó y escampó. Igual todavía no se ha dado cuenta de que por aquí ha pasado un huracán. Igual no entiende de dónde han salido estos escombros.

Y sin embargo, en medio de tanta ignorancia, de tanto no entender, le tiemblan las manos, le tiemblan los ojos y empieza a llover. Y un año después, tu risa rompe en mi cabeza y rompo a llorar y a decir que no es justo. Que te necesito aquí, que el cielo tiene ángeles de sobra. Que ni te imaginas lo que ha cambiado todo aquí abajo sin ti.

En el cielo empieza a escampar y se ven pedazos de azul. Se habrá dado cuenta de que le miro, igual que yo presto atención a cada ruido, no me van a ver así. Pero me siento inundada.

Igual el cielo es un poco como yo. Los dos te echamos de menos.



miércoles, 6 de enero de 2016

Deseo de última hora.

Queridos Reyes Magos:

Este año creo que me he portado bien, o al menos yo lo he intentado. Vosotros lo sabéis todo, así que imagino que habréis visto que tampoco es que lo haya tenido fácil. También es verdad que estas Navidades no os he escrito hasta ahora, y que probablemente en este momento estéis en pleno viaje por el mundo regalando ilusión, y es muy posible que no os llegue mi mensaje.

Pero esta noche es mágica, y no he podido resistirme.

Tengo en el centro del corazón un deseo muy fuerte, aunque de tan poco que lo pienso, parece hasta inexistente. Pero cada día, me quita un poquito de mi aire, me arranca un poquito de mi vida para mantener la suya. A veces duerme durante mucho tiempo y se me olvida, sin embargo luego abre los ojillos y me mira. A veces, de un manotazo lo aparto, subo el volumen de la música, camino más rápido y parpadeo muy rápido para que no me dé tiempo a pensar. 

A veces las canciones me acaban taladrando la cabeza, me canso de andar tan deprisa y me pesan los párpados. Y entonces ya no puedo hacer nada contra esa mirada y su insistencia, y mi corazón tiembla y mi deseo se agarra con más fuerza.

Últimamente parece que me da igual el volumen del universo, ya no siento las piernas y quiero correr, y tengo tantas ganas de ver lo que me trae la vida que no me da tiempo a cerrar los ojos. 

Pero es cierto que mi deseo nunca se va, y es el que lanzo esta noche a las estrellas, por si lo encontráis. Por si hay magia y me toca de cerca.

Existen las casualidades, el destino, los milagros y la magia. Existen las estrellas fugaces y existen los instantes pensados para pedir deseos.

Espero que, en medio de esta noche ajetreada, encontréis mis palabras, y espero haber sido lo suficientemente buena como para recibir mi regalo.

Os deseo un buen viaje esta noche.