jueves, 25 de febrero de 2016

Apnea.

La vida desde hace tiempo se convirtió en un paseo bajo el mar sin botella de oxígeno. Al principio tenía una angustia muy grande en el pecho, un dolor en los pulmones que gritaban pidiendo alimento. Poco a poco me acostumbré, pero no tengo muy claro si fue a no respirar o a escuchar el ruido que me venía de dentro. 

Cerré los ojos por culpa de la sal, y continué el viaje a ciegas, recordando a veces que me faltaba un poco el aire, sin encontrar ese algo a lo que aferrarme cuando a cada brazada me quedo sin fuerzas. O cuando no tengo ganas de esforzarme en nadar. Algo que me ayude a ir por donde tengo que ir cuando prefiero dejarme llevar. O cuando quiero dar media vuelta.

Hace mucho desde la última vez que necesité inspirar una buena bocanada de aire y desde que noté como me crujían los pulmones, furiosos. Y de repente, en medio de este torbellino que me arrastra y yo, que no sé si quiero dejarme arrastrar u oponerme a su fuerza, he pensado que lo que más me apetecía era inspirar hondo, y me han vuelto a temblar las manos. De pronto, me has hecho falta. 

Y me da miedo, porque yo era de esas que podía hacerse largos enteros en la piscina sin salir a respirar, sin siquiera necesitarlo. Pero desde el instante en que volvía a coger aire, mis pulmones enloquecían y pedían oxígeno a cada impulso. Se olvidaban de que habían sido capaces de sobrevivir sin él.

Me da miedo, porque no hay salida posible que no sea una trampa, puesta por la vida, puesta por otro, o puesta por mí, pero al fin y al cabo, trampa. 

Me da miedo porque el universo no me da tregua, no tengo tiempo para recuperar una frecuencia cardiaca normal antes continuar buceando. Porque no hay oxígeno.


domingo, 14 de febrero de 2016

Borrascas y poetas.

Todos los días tienen un momento en el que cabe poesía, en el que está permitido hablar de sentimientos, de lo que cuenta el corazón cuando late, de vulnerabilidad y fortaleza. En ese instante, vivimos a bordo de unos versos que componemos sin querer, que riman a la perfección, que tienen una métrica impecable. Porque el poema más perfecto es el que se siente sin pensar.

A veces es hasta útil demostrarle al mundo que hay cosas que nos mueven por dentro. Que, al fin y al cabo, somos personas y no pedazos de acero inoxidable. Que la fortaleza está en quién tiene debilidades y las supera, no en quien vive con una armadura que le protege del mundo. Ese no es fuerte, sólo un poco estúpido. Evadirse no es una solución, es ser cobarde.

A la gente le da miedo demostrar que siente algo, y a mí me da miedo la gente que parece no sentir nada.

Cada vez que he intentado escribir un poema lo he acabado matando a tachones. Y, sin embargo, sólo me he atrevido con los versos cuando estaba totalmente segura de lo que quería decir. Supongo que no supe encontrar las palabras adecuadas, o que las encontré demasiado bien, y entonces emborroné el papel para protegerme de ellas. Para evadirme. Ejemplo de cobardía y estupidez número 1.

Los días de viento y lluvia dan más margen al corazón, como si limpiaran la capa de esmalte que nos hemos echado por encima, y la piel que hay debajo empezara a componer. Y de repente, sale el sol, la tinta se nos seca antes de que podamos revisarla y nos apresuramos a coger brocha y pintura para esconderla. Ejemplo de cobardía y estupidez número 2.

La ventisca es un torbellino y no oigo lo que me quiere decir. Cada noche invento un cuento para irme a la cama, y no sé qué argumento debe tener. Tal vez lo que me calme hoy mañana no me dejará dormir. Qué revuelo, qué de vueltas en la cama y qué falta de respuestas.

Qué falta de poemas, que no sé de qué escribir.

Incluso en estos tiempos
triviales como un baile de disfraces
todos los días tienen unas horas
para gritar al filo de la aurora
la falta que me haces.

Incluso en estos tiempos - Joaquín Sabina

miércoles, 10 de febrero de 2016

Dulce introducción a mí.

Tengo un humor como para que se desate una tormenta. Como para no estar sentada, sino hacer. Como para salir a la calle -truenos incluidos- y caminar mucho, sin saber muy bien a dónde voy, pero haciendo como que lo tengo muy claro. Sin dudar en los cruces ni las intersecciones. Nunca dando media vuelta, si acaso buscando un rodeo, otra calle.

Lo que más me apetece es encerrarme en la primera página de un libro y no intentar escaparme de ninguna forma, hasta que él me libere en la última. Que se rompa la cadena que ata el reloj a las horas, como dice la canción, y que pueda cantar, muy muy alto, porque nadie me escucha.

Voy a hacer como que no me acuerdo de que existes, voy a hacer como que no sé pensar. No tengo tiempo para perderme ni para encontrarte, no tengo tiempo ni para deshacer los enredones que tengo en la cabeza; no tengo tiempo para mí, como para tener tiempo para ti. 

Tengo un humor como para intimidar a las mareas, como para que las olas se callen y se retiren, cobardes. Como para reventar cristales y romper silencios. Como para salir corriendo, como para llevar la contraria a todo el mundo. Porque quiero caminar a ciegas y ya se verá. No quiero rodeos, quiero disparos directos al corazón. No quiero telodijes ni encontrarle un defecto a cada cosa que ocurra. Ni que las cosas dejen de ser lo que tienen que ser, ni que los secretos se cuenten. 

Sopla el viento fuerte y derriba árboles, y hace saltar alarmas, y lo revuelve todo muy deprisa. Te mete arena en los ojos, te despeina. Está lleno de rabia y está empeñado en demostrarlo. Porque en realidad, pide a gritos un poco de paz, quedarse sin fuerzas, cerrar los ojos y dormir. Pero tampoco quiere que esta calma se la regale cualquiera. Quiere huir rápido y lejos y que alguien se dé cuenta y vaya a buscarle. A rescatarle. A decirle que ya pasó.

A contarle que el caos es maravilloso.



Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas,
se paró el aguacero, ahora somos flotando dos gotas.
Agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor,
me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor.

Volar... volar.

Dulce introducción al caos - Extremoduro