lunes, 28 de marzo de 2016

Nadie se encontró si no estuvo perdido.

Lo que dura un parpadeo es lo que tardo en ponerle palabras a este cómo me siento que se ha escondido detrás de una interrogación tanto tiempo. Cierro los ojos y al abrirlos se me escapa por la boca. Perdida. Completa, total, y absolutamente perdida.

Y sin embargo, no me da miedo no saber en qué punto estoy. No me asusta tanto como me asustaba cuando no sabía qué ocurría. No sé si tirar hacia mi derecha o mi izquierda, pero la incertidumbre no me intimida. Sólo me inquieta, un poco. Pero perderse significa que puedes acabar en cualquier lugar, sólo basta caminar y no quedarse quieto. Tal vez mi extravío sea el punto de partida que buscaba.

Me permito cerrar los ojos y respirar. No sé a dónde voy, no necesito vigilar mis pasos. Basta con que camine hacia donde me apetezca caminar, porque no hay sendero pintado en el suelo, y así sólo se me multiplican las opciones. Quiero dar un rodeo a solas y volver a saber de mí. Contarme cómo me van las cosas y si quiero ir a pasos lentos o avanzar a saltos. Porque da todo igual, estoy perdida, y aunque me muero por tener un rumbo fijo, un destino y una determinación, tal vez esto sea un respiro que me da la vida. 

No sé hacia dónde voy a ir y me da igual. Estoy en punto muerto, en mi kilómetro cero, cogiendo aire con muchas ganas y a ver dónde aterrizo. No necesito que nadie me encuentre, necesito saber hasta dónde puedo llegar. 

Tal vez, perderme era lo mejor que me podía ocurrir.


"Sin duda hay que perderse para encontrar destinos inalcanzables, de lo contrario todo el mundo sabría dónde están."

Piratas del Caribe en el fin del mundo

domingo, 27 de marzo de 2016

Tormenta de flores.

No hay tempestad que dure lo que dura un olvido, ni olvido que dure lo que tarda en llegar la calma.

No puedo quedarme quieta porque te encuentro demasiado cerca, demasiado dentro, como para no darme cuenta de que estás. De que no estás. Necesito atrapar el brillo de la Luna para ti, pero se me escurre entre los dedos y me araña la piel. 

Se me escapan las palabras y me siento como si quisiera encerrar el viento que corre en mis manos. Necesito una caricia que me calme el corazón y ponga voz a las canciones que no sé cantar. Que el aire que maltrato y convierto en gritos te avise. Necesito correr.

Vivo a la espera de un cambio, un giro de 180 grados y una caída en picado. Un chaparrón que eche a perder esta capa de pintura. Una banda sonora que sustituya el silencio que quedó al cerrarse el ascensor. Un par de flores para que respire este campo de margaritas masacrado a base de decirme que no.

De repente soy una niña enrabietada lanzándole puñetazos al aire, llorando porque me ahogo y el oxígeno que me falta sólo puede dármelo quién me lo quitó al marcharse. De repente, acabo de volver hacia atrás, pero nunca lo suficiente.



martes, 22 de marzo de 2016

Destino entre interrogaciones.

Al cabo de un tiempo, volví a encontrar refugio entre las páginas de un libro, volví a dejarme atrapar y volví a olvidarme del paso de las horas en el reloj. Volví a ser un poco más yo. Con las mismas batallas pendientes, con las mismas tormentas desatadas y con el mismo puerto seguro donde amarrar de siempre.

Sigo necesitando salir corriendo, huir lejos, cambiar. Pero, al menos, pretendo viajar leyendo. Las vías de un tren me llevarán a alguna parte, y las palabras de la historia que me acompañe me llevarán mucho más lejos aún. Y después, vendrá otra. Y luego otra más.

Cada paisaje tendrá su propio verso en una canción de palabras inconexas que escribiré a trazos irregulares porque tengo las manos heladas. El granizo se estrella contra los cristales de mi vagón, y el sol me obliga a cerrar los ojos, y las nubes me tapan el azul del cielo, y hace frío y me asfixia el calor. Mi cuento para ir a dormir se emborrona con el vaivén del tren, perdió su argumento tiempo atrás porque la medicina más efectiva resultó causar dependencia, adicción y síndrome de abstinencia. Aprendí a dejar la mente en blanco pero a veces se me olvida. A veces todos los abrigos no me bastan, porque entre los hilos se me cuela el frío.

No sé, ni me interesa, dónde acaban los raíles que me llevarán lejos de hoy. Mi billete sin opción de vuelta tiene pintada una enorme interrogación, una sorpresa, una incertidumbre. La posibilidad de que todo es posible. Recorriendo estas vías todo es viable, y tantas oportunidades me abruman. Tantas alternativas. La inmensidad de la palabra todo. Y el pánico a lo desconocido, y las ganas de conquistarlo.

Tengo el corazón lleno de ganas de que la vida cambie, tanto que me da miedo que termine por reventar.