miércoles, 8 de junio de 2016

El arte de emocionarse.

Piensa en un momento en el que fueras inmensamente feliz.

Qué bonito es emocionarse, emocionarse de verdad, y qué poco ocurre. Igual precisamente en eso resida la magia. Casi nunca nos acordamos de lo maravilloso que es respirar porque respiramos todos los días. 

Empieza justo en el centro de la tripa, como un cosquilleo suave, unas ganas infinitas, una sonrisa nerviosa. Como la introducción dulce de una canción que habla de pájaros, de cielo, de libertad, de océanos y de felicidad. Y el hormigueo trepa desde la tripa hasta el pecho, y el corazón de repente late más deprisa, al compás de esa música. Después se extiende por los pulmones, los llena y los expande para que entre todo el aire posible, para que la melodía no pare ni un segundo.

Entonces, el cosquilleo ya es un terremoto, y el pecho se le queda pequeño y necesita más. Y sube, garganta arriba, con decisión. Te inunda la boca, la abarrota de palabras, de intenciones, de aquí y ahora, de felicidad absoluta. 

Llega un momento en que, de nuevo, tripa, pecho, garganta y boca no bastan. Tienes tal torrente de sentimientos dentro que buscan salida. Y primero sonríes, después te entra la risa y te brillan los ojos. Todo sale. Las carcajadas saben a emoción y a música porque la canción aún suena. Las carcajadas saben a vida, y a pasión, y a no querer cambiar por nada tu lugar en el mundo de ese momento exacto. Porque eres tú quien no aguanta la risa de pura felicidad. Eres tú, pequeño terremoto de emociones, quien se siente en la cima del mundo.

Son tus ojos los que guardan estrellas que lucen fuerte porque están repletas de alegría.

Qué bonita es la emoción cuando te llena por entero.