martes, 19 de julio de 2016

Espera sin esperanza.

Hace tiempo, las noches de verano y yo éramos mejores amigas. Me asomaba a la ventana y corría una brisa débil, y la Luna brillaba y yo le contaba cosas. Era mi nexo con cualquier lugar, con cualquier persona. Era un consuelo, un baúl de deseos, una incondicional que cada noche volvía y yo volvía a encontrarme con ella. Las noches de verano eran inspiradoras, y las palabras brotaban solas entre sábanas y música. Escribir era tan fácil como respirar.

Entonces, un día, la brisa débil se detuvo en seco, y la Luna apareció un día en el cielo afilada y cruel. Era un espejo que reflejaba cada deseo que le había formulado y que jamás se había cumplido. Peticiones caducadas que a estas alturas de la historia no tendría el valor de volver a suplicar. Al menos a alguien que no fuera yo y en silencio. Las estrellas brillan agónicas y anónimas en una ciudad que lucha por borrarlas del mapa, porque el cielo de Madrid no está hecho para ellas.

Entonces, el verano se transformó en una hoguera. La tinta se evaporó sin dejar rastro, y escribir sin que doliera era tan difícil como descontracturarme el corazón. Porque nunca he escrito nada que no sintiera, y de pronto sentir era lo último que quería permitirme. Sentir era una trampa, un agujero negro.

No queda valor para el recuerdo, no quedan fuerzas para evitar sobrepasar el límite entre lo que está permitido soñar y lo que no. No queda asidero al que aferrarse para no entrar en esta dichosa espiral. No me queda paciencia, ni sé qué estoy esperando.

Sólo espero que llegue el otoño y se me olvide esperar.


sábado, 9 de julio de 2016

Lo menos peor.

Julio trae el verano de vuelta, y los rayos de sol abrasan los muros de hielo que me salvaban de mí. Gota a gota se derriten, y gota a gota yo ardo. Me pongo a temblar, de recuerdos, de dolor, de miedo, de interrogación. Tiemblo, porque me aferré a un clavo ardiendo para evitar caer directamente sobre las llamas, pero empiezo a tener la piel calcinada. De nuevo, la mejor opción es la menos peor, la que me encoja menos el corazón y menos de vez en cuando, la que me obligue a esconderme bajo paredes congeladas de un grosor menor.

Me propongo hacer caso a las señales de peligro que suelo pasar de largo cuando la imaginación se me va de las manos, me propongo no saltar al vacío sin asegurar el paracaídas, me propongo no olvidar jamás los por si acasos. Me propongo, en definitiva, vivir un poco menos para sobrevivir un poco más.

Me rindo porque el fuego me quema las fuerzas y un par de ilusiones. Me rindo porque otra vez me he saltado la distancia de seguridad y me he dado de bruces con todo lo que no depende de mí y aún así me carboniza el sueño. Me rindo porque algo se me resquebraja en el pecho. Me rindo. Y punto.

Algún día, disparando al azar, acertaré en el blanco de la diana. Y tal vez, ese día, se me permita no pensar, no temblar, no dudar. Tal vez se me permita no tener miedo a dejarme llevar por un sueño. Tal vez me sienta tan segura que pueda cruzar el cable extendido sobre el vacío de un extremo a otro de la vida. Tal vez cierre los ojos sin miedo a caer.

Tal vez merezca la pena el golpe.

Llevaos el calor, que me derrite las defensas.


sábado, 2 de julio de 2016

En aquel "¿y si...?" me maté yo.

No voy a decirte que mi vida si no estás aquí no tiene sentido, ni que no sé ser feliz si no te tengo a mi lado. Tampoco voy a decir que no puedo vivir sin ti, ni que seas la condición inamovible para despertarme por las mañanas con ilusión. No pienso decirte nada de eso, porque sería totalmente mentira.

Sin embargo, no es mentira que contigo todo es un poco más. Un poco más vivo, un poco más grande, un poco más brillante. Mejor. Un poco más inestable, un poco más cuerda floja, un poco más corazón acelerado. Qué miedo. Un poco más terremoto, un poco más sin palabras, un poco más abismo. Y me dejé caer, porque seguir en tierra firme ya no tenía sentido.

Hay palabras que por dentro queman y se te clavan en los huesos. Hay palabras que te oprimen y te retuercen el corazón, y no te dejan respirar y se te agolpan en la boca gritando en silencio salir. Hay palabras a las que es mejor abrir las compuertas y dejar libres. Que vuelen, y ya el viento dirá hacia dónde las arrastra, y te arrastra con ellas. Mejor ser prisionero de lo que sientes a serlo de un "¿y si?" que nunca se responda. Mejor poner toda la carne en el asador que dejar que te abrase la duda. Mejor vivir con cicatrices que no vivir.

Dejar fluir las palabras que tratan sobre lo que sientes, es como desnudar el alma y dejarla a la intemperie. Pero quién sabe, igual viene alguien y la arropa. O igual así es más libre, y con eso basta. Igual se te llenan los labios de sonrisas de alivio y orgullo, porque has sido capaz. Igual a veces el destino desconocido de nuestros actos es lo de menos, porque lo que importa es lo que te sale del corazón.

No sé quién era más prisionera, si las palabras que clamaban por gritarse o yo por no gritar. 

Y no sé si ahora pago aquel indulto, o si vivo a la espera de un nuevo giro de peonza, o si sólo estoy en mitad de la nada con la vida muy despeinada.