martes, 16 de agosto de 2016

Derrota.

Eterno luchador
siempre ganaste todas tus batallas
incluso aquellas
que ni tú sabías que librabas.

Y yo, cabezota como siempre,
me empeño en compararte
con aquellos que se cruzan por mi vida
pero tú, amor, eres huracán
y ellos sólo son brisa.

Es verano
y te permito la entrada a mis pensamientos
y te dejo campar a tus anchas
y se me olvida que algún día de estos
a golpe de lágrimas tendré que echarte
sin que nadie pueda ayudarme
a recoger los destrozos.

Si en algún momento te olvido,
lo hago como quien deja de ser consciente
de que inspira y espira
pero respira continuamente.
Como una canción que suena 
tan bajito y desde hace tanto
que ya casi ni se escucha, y aún así
a veces la melodía
me obliga a romper a llorar.

No existen poemas a tu altura
ni me atrevo a intentar inventarlos
pero no puedo tratar
de contener las palabras
si se me escapan en cascada entre los dedos
porque mis manos se vuelven locas,
locas y vacías,
sólo por pensar en ti.

Me reitero y te repito
que jamás se te resistió una batalla.
Tampoco ésta, la de mi olvido
pero es que, te confieso,
yo hace tiempo que abandoné las armas.



miércoles, 10 de agosto de 2016

El primero.

Me tiemblan las manos
histéricas, impacientes,
acusadoras, exigentes,
como una alarma de incendios que avisa
que hay rincones de mi cuerpo
a los que aún no ha llegado la mancha de tu marcha,
esa que me derriba
como una ola cuando se estrella
contra un dique fabricado con el papel
donde firmé que te querría siempre.

A veces, todavía me parece
que mi corazón late al ritmo que tú marcaste
como una más entre tantas canciones.
A veces, todavía me abrazo a tu nombre
cuando, por la noche
no consigo dormir.

Voy a la deriva
y no me atrevo a concretar si tus besos
eran el mejor de los refugios
o eran la tormenta perfecta.
Tampoco me atrevo a recordar
cómo era existir con tu piel pegada a la mía,
o encontrar tus manos a oscuras
y descubrir que la vida nunca había tenido tanta luz.

Me da miedo el día en que a mi memoria vuelvan
en tropel tu tacto, tu voz y el color de tu mirada
porque si ahora te quiero
como se quiere a un fantasma,
y aún así soy un castillo de arena a merced de un huracán,
qué no pasará si te tengo en frente,
qué incendio no volverá a arder,
cómo será (no) olvidarte otra vez.



jueves, 4 de agosto de 2016

Juego de sombras.

Cómo voy a escribir lo que siento si lo desconozco. Si me tiembla el pecho y corro. Si se me empañan los ojos sin venir a cuento. Sólo pido que llegue el frío con su constante excusa para poder arroparme, porque el calor me deja desamparada y a la intemperie de este no sé qué que me llena o me vacía, según se mire. 

De nuevo, pesadillas que no terminan al abrir los ojos y cuentos de hadas que se rompen en pedazos al sonar el despertador. De nuevo, una ciudad que es una jaula, una tortura, y a la vez, un hogar. De nuevo, esas ganas de ir muy lejos a algún lugar desconocido. De nuevo, esa necesidad de resetear la vida. Y el corazón. De nuevo, este hueco vacante bajo candado, y los engranajes de mi cabeza girando a toda velocidad, rugiendo, gritando. Pensando.

No hay manera de parar esta catástrofe, no hay forma de que las piezas dejen de encajar, pero tampoco hay forma de juntar los pedazos rotos si me da miedo tocarlos. Lo único que queda de mi palacio son los cristales y de las rosas, las espinas. Y se reinicia el cuento de nunca acabar, el que no existe. El cuento de la rabia y los puertos seguros, el cuento donde encontraba mi paz, el cuento de los días felices y de la angustia, el de la respiración que no está, el del corazón desbocado. El cuento de mis luces y mis sombras, el cuento de todos los colores. El cuento que se escribe a su antojo y sin parar, porque nunca frena, porque el cuento soy yo misma y la vida no se detiene.

Se me ha enquistado la duda eterna de lo que viene y el pánico al dolor. A veces gana la cobardía y otras, las ganas; la incertidumbre es eterna vencedora. Sé de sobra que no se puede vivir con miedo a la vida, que tiene cumbres y valles y que gira y cambia cuando menos te lo esperas. Pero, aunque tengo las luces encendidas, todavía las bombillas parpadean y amenazan con apagarse.

De nuevo, fundido a negro.


Esta sala de espera sin esperanza,
estas pilas de un timbre que se secó,
este helado de fresa de la venganza,
esta empresa de mudanza
con los muebles del amor.

Joaquín Sabina - Nos sobran los motivos