miércoles, 21 de diciembre de 2016

La anatomía de las cosas invisibles.

Estamos hechos de cada melodía que nos pone la piel de gallina, de cada canción que nos emociona hasta la carcajada, del cosquilleo que nos invade la tripa en los instantes previos a las cosas grandes, de miedos superados y de deseos cumplidos. 

Crecemos siempre hacia arriba porque tenemos puertos seguros donde tomar amarras cuando la cosa se pone fea, porque somos capaces de descubrir las cosas que realmente nos llenan la vida de felicidad y nos tiramos de cabeza a ellas. Porque sabemos que la victoria más grande es la que nos otorgamos a nosotros mismos, que somos nuestro juez más estricto y, aún así, a veces nos miramos al espejo y pensamos "joder, es que hoy estoy muy guapa", porque es cierto.

Somos los trenes que dejamos ir para ganar un par de besos, y somos todos los besos que nos caben en la luz verde de un semáforo para esperar a que se ponga rojo y poder seguir frente al paso de cebra indefinidamente, porque también somos todas las despedidas que alargamos porque no queremos irnos porque estamos demasiado bien juntos.

Tenemos la piel cosida a caricias y cicatrices, tenemos en los ojos las estrellas que hemos visto brillar al mirarnos en otras pupilas y tenemos enredados en el pelo todos los sueños que invaden nuestra almohada. Tenemos entre las costillas planes, dudas, mapas, miedo y ganas, y nuestras piernas son un sismógrafo que mide en escala de Richter cada una de nuestras emociones.

El corazón bombea a cada instante la fuerza que necesitamos para vivir, pero en maldita bomba de relojería se convierte cuando late tan fuerte que parece que nos va a romper por dentro.

Al final, nos movemos en la constante cuerda floja de todo lo que puede salir bien y mal sin poder pararnos demasiado para no caer. Qué grande es el miedo que nos aplasta el pecho cuando se nos ocurre mirar hacia abajo y vemos el vacío bajo nuestros pasos, y qué de lágrimas de alivio nos corren mejilla abajo cuando alguien nos agarra fuerte la mano de repente y buceamos en unos brazos que nos dan seguridad, como si fueran una red que nos protege del precipicio.

Y respiramos más tranquilos. Y nos atrevemos a dar otro pasito más. Y otro. Y otro.



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