domingo, 29 de enero de 2017

Entre los huesos y el alma.

Preferiría compartir sábanas contigo
y no con estas pesadillas
que hacen del apagar la luz cada noche
la crónica de mi muerte anunciada.

Que si se me acelera el pulso
fuera porque me besas en noséqué punto exacto
y no porque parezca que llevo 
un corsé de acero
que hace que el corazón me lata fuerte
porque quiere romperlo.
Y, de paso, mis costillas.

La poesía es esa
con la que te encuentras en una habitación sin luz
y no sabes
si va a hacer el amor contigo
o si te va a atravesar el pecho de un balazo.

Tengo la sangre llena de cristales
y alfileres en el miocardio
que ahoga un grito 
a cada latido.

Quiero que vengas a unir a besos
los puntos de mi cuerpo que son mis lunares
con la impaciencia del niño 
ansioso por descubrir
el dibujo que aparece
y con el miedo de quien sabe
que igual, lo que sale,
es la cara del monstruo que me come por dentro.

Si pongo muchas ganas
llego a escuchar de lejos una nana
que trata de dormir este dragón
que tengo viviendo en el hueco que queda
entre los huesos y el alma.

Y me sorprendo a mí misma
prometiéndome aprovechar
ese tiempo de tregua
como quien se despierta a las tres de la madrugada
y comprueba que le quedan por dormir
todavía unas horas de más.

Quiero encender contigo
todas las farolas de la ciudad de la luz
y perdernos por la noche
entre tu risa y mis carcajadas
hasta que el sol las vuelva a apagar.


domingo, 8 de enero de 2017

Querida Yo del espejo.

Hace poco leí que Sara Búho decía que somos de quien vemos cuando nos miramos al espejo

A mí, desde el espejo me mira una chica delgada, castaña y de ojos claros, cambiante como un maldito huracán. A veces le brillan en los iris azules estrellas fugaces, a veces de la boca se le escapa una sonrisa pintada de rojo y cree que puede salir ahí fuera a comerse el mundo. O mejor aún, que ya lo lleva dentro. 

Pero otras veces... Otras veces el espejo se rompe y se nos clava. Cada uno de los trozos de cristal roto nos atraviesa la piel y nos rompe. Nos hace jirones la vida. Porque no somos lo suficiente, da igual qué. Lo suficientemente alto, lo suficientemente bajo, lo suficientemente delgado, lo suficientemente gordo, lo suficientemente moreno, lo suficientemente blanco. Los peores cristales los llevamos dentro, no necesitamos que un espejo nos los eche en cara. Nunca llegamos demasiado lejos, nunca damos lo que habríamos podido, nunca somos demasiado brillantes. Y no hay estrellas en los ojos que valgan porque se han fundido. Tampoco ellas eran lo suficientemente buenas. 

Desde el espejo me miran dos yos que discuten a gritos. Una dice que no soy lo suficiente, que no valgo, que no puedo, que no llego, por más que estire mi brazo y mis dedos y me ponga de puntillas. La otra responde que deje de decir estupideces. La mayoría de las veces, gana la segunda voz, la que tiene la energía suficiente para encender las estrellas que transforman mis iris en dos pedazos de cielo, la que decide pintarse los labios rojo pasión. 

Pero es que hay días... hay días que el viento cambia de dirección, y rompe todas las barreras que retienen encerrada a mi primera mitad. Se escapa y prende como la pólvora, y se apagan las luces y los colores se vuelven blanco y negro. Los cristales relucen entre las terminaciones nerviosas de mi piel, reventándolas. Reventándome. Porque no soy suficiente. Y no lo dice cualquiera, lo digo yo. Y eso es lo que más duele.

Una vez me dijeron que me mirara al espejo con los ojos de mi mejor amiga. Con el cariño de mi mejor amiga. Nunca llegué a hacerlo, pero qué rabia me dio pensar que para llegar a verme suficiente, tuviera que hacerlo desde los ojos de otra persona. Qué rabia que yo no me quisiera tanto. Qué rabia que a veces se me funda la luz de ojos y me quede a oscuras.

Porque, en realidad, la que me mira desde el espejo soy yo, cristales incluidos. Miedos incluidos. Dolor incluido. Estrellas en los ojos y labios rojos incluidos. Sueños incluidos. Capacidad de alcanzarlos incluida. Valentía incluida. Fuerza incluida. Pasión incluida. Huracán incluido.